Ma noi ci saremo




La Cámara Internacional de Comercio reconoce hasta qué grado la sociedad ha cambiado, con los ciudadanos expresando sus profundas preocupaciones. Sin embargo, la emergencia de grupos de activistas arriesga con debilitar el orden público, las instituciones legales y el proceso democrático. Estas organizaciones activistas deberían legitimarse a sí mismas, mejorando su democracia interna y su transparencia. Deberían asumir plenamente sus responsabilidad en lo que respecta a las consecuencias de sus actividades. Si tal no es el caso, habría que considerar las reglas que establecen sus derechos y responsabilidades. El mundo de los negocios está acostumbrado a trabajar con los sindicatos, las organizaciones de consumidores y otros grupos que son responsables, creíbles, transparentes, y que ameritan respeto. Lo que cuestionamos es la proliferación de grupos activistas que no aceptan estos criterios de autodisciplina.
Geneva Business Declaration, adoptada en septiembre de 1998 por 450 dirigentes de multinacionales en el marco del Geneva Business Dialogue

Quienes están en contra del G8 no luchan contra los responsables democráticamente elegidos en sus países: luchan contra el mundo occidental, la filosofía del mundo libre, el espíritu de empresa.
S. Berlusconi, Le Monde, domingo 22-lunes 23 de julio 2001


Tesis (como una canción infantil)

1. El sujeto político de la demokracia es la población, o sea, un conglomerado de cuerpos éticamente heterogéneos, a gestionar y a administrar.
2. El ciudadano, el átomo que constituye a dicha población, no es ni honesto ni criminal, ni pobre ni criminal, carece de clase, de sexo, de olor, pero tiene derechos (entre los cuales está el derecho a votar, que asegura la persistencia del sistema que lo ha producido), un poder adquisitivo variable y deseos.
3. La demokracia escucha los deseos de los ciudadanos, porque no puede hacer otra cosa. Desde el momento en que gestiona y no dirige, necesita el consenso como el pez el agua. Y el consenso no podría fracasar puesto que él mismo es el principal producto de la demokracia. Fuera de raras expresiones de antagonismo violento que es conjurado de manera permanente, uno se asegurará de calibrar el consenso, de hacer converger en puntos precisos los deseos singulares.
4. Mientras el capitalismo se garantice la vida, dicha convergencia queda ampliamente asegurada por el consumo y todo aquello que, universalmente, lo preserva (el trabajo, la policía, la familia, las relaciones mediadas por el dinero, etc.).
5. Cuando el ciudadano se dedica a “existir”, a desear fuera de los diagramas publicitarios, a trastornar las fatalidades de su vida cotidiana, a lanzar miradas excesivamente insistentes o impregnadas de una simpatía excesivamente desprovista de caridad hacia los no-ciudadanos, deviene un “sujeto potencialmente peligroso”, un casi-no-ciudadano, alguien que haría mejor con mirar la tele. Y ciertamente, no resulta indiferente el ya no ver en el pacto social sino una fábula para dormir a los hijos prudentes de las demokracias, en nuestros “derechos” sino tantas incitaciones a no salir de una lamentable conformidad ortopédica, no resulta indiferente el ya no saber que uno está solo y vigilado, que nuestras “libertades” no son sino los juguetes que se nos dejan para distraernos mientras los gestores optimizan, cuentan y redistribuyen el número de muertes y de enfermedades en el mundo para los años por venir.
6. El buen ciudadano no existe y el mal ciudadano es el criminal potencial. Por consiguiente, el único horizonte posible de la ideología ciudadana es la vigilancia, y el único garante de su perpetuación es el sistema penal. De ahí la ecuación: ciudadano = poli.
7. En última instancia, el poli [flic] es el verdadero detentor del monopolio de la violencia legítima. Y es a cambio de esto que soporta la humillación de ser reducido a la obediencia; pues es obedeciendo como puede golpear, oprimir, en resumen: destapar su resentimiento de esclavo. El ciudadano es aquel que delega su violencia al poli, pero es en esta ocasión a cambio de esclavitudes múltiples (derechos de consumir, trabajar, divertirse, pasearse bajo el ojo vigilante de la ley punitiva), las cuales tienen como única finalidad tenerlo en su lugar, hacerlo permanecer amablemente en la habitación mientras los “otros” ejercen su arbitrariedad con total impunidad. Dicho de otra manera: el ciudadano es el poli de civil, desarmado, del Imperio cibernético, aquel que cree tener derechos y que se engaña.
8. Los “otros” son aquellos que no tienen que preocuparse por esa tontería que se llama la “Ley”, que la apartan con un gesto de enojo cuando se cruza en su camino, que la cambian con tranquilidad según sea necesario para su beneficio y su hegemonía; lo cual es, por lo demás, la única posición coherente en el seno de una sociedad capitalista. La cooperación más rentable será, por consiguiente, la de los mafiosos, los hombres de Estado, los capitalistas y la policía; y será también la más natural. Mientras tanto, se pagará a alguien para que cante a los ciudadanos una canción de cuna socialdemókrata y pacifista para que no lloren demasiado entre una pesadilla y otra. Y esto continuará hasta que la violencia golpee a sus puertas, hasta que alguien prenda fuego a su banco, a su coche, a sus estaciones de servicio, a sus sueños publicitarios que no se realizan jamás. Entonces la canción de cuna cambiará: “No se inquieten, es sólo la policía infiltrando a los manifestantes, o lo contrario, en pocas palabras: son unos locos, no es nada, no significa nada. ¡Pero qué horror!, vean toda esa sangre, ahora sí no es salsa de tomate, no es algo bonito que ver, ¿verdad? A ustedes les sucederá lo mismo si no se duermen, ¿vieron bien? ¡No vieron nada, vayan a dormir!”

Afinidad y elección. La demokracia se basa en la idea de que la política es el reino del logos, de ahí la proliferación de los debates, la fetichización de la discusión como medio de resolución de los conflictos — en una época en que, por otro lado, nadie sabe ya hablar ni escuchar. La demokracia pasa así por alto el hecho de que las evidencias políticas nunca son de orden lógico, sino siempre de orden ético. La esencia de toda comunidad no es discursiva sino electiva. La subsistencia de la “elección” en el seno de la demokracia es sólo un señuelo oportuno: la elección sólo puede ser un movimiento recíproco, y ciertamente no el movimiento de escoger a favor de aquel o aquella que se ofrece. La práctica electoral no es, en este sentido, una práctica electiva, pues el elegido nunca elige a sus electores, tiene buenas razones para despreciarlos y sólo recurre a ellos durante su campaña para hacerlos callar mejor cuando llegue a gestionarlos.

Todos solos juntos. ¿Qué tienen en común la ama de casa de Berlín, el electricista de Boloña, los punks de Helsinki, los ecologistas de Seattle y los autónomos de Mestre? Es evidente: absolutamente nada, salvo su presencia física en la contracumbre de Praga. Se conocieron por internet, encontrándose gracias a la “red” porque tienen como base un enemigo común (el FMI, la Banca Mundial, la gestión actual de la economía global, etc.). Por un día contestaron [impugnaron] en marchas separadas la epifanía paródica de una élite de explotadores y criticaron la mercancía global hasta el otro extremo del mundo, para regresar a sus casas al día siguiente a someterse a la mercancía local. Se encontraron físicamente por un día, se escribieron e-mails para el resto de sus vidas, en el mejor de los casos. Cada uno de ellos queda así sensatamente atrapado en las mallas estrechas del poder, como pez en una red, y desde ahí protesta contra una injusticia global de la cual ignora todo, con excepción de los informes proporcionados por la prensa. Que a nadie se le ocurra poner en tela de juicio al vendedor de periódicos de la esquina o la permanencia del nuevo alcalde de izquierda, porque mañana los podríamos encontrar al lado de nosotros a bordo de un tren ocupado, lanzados hacia un nuevo destino de la contestación global.
Del día a día desesperante que las grandes decisiones de las cumbres elaboran, nadie habla. La política consiste en ellos que la hacen y en nosotros que la sufrimos o la obstaculizamos. Error: para que ellos puedan hacer su política hace falta que ya hayan pasado sobre nuestros cadáveres. Es absurdo protestar a causa de que ellos nos hagan mal cuando nos pisotean; se precisa levantarse, aquí y ahora, porque es en todo momento que nuestra privación de destino es organizada. Esto es lo que dicen los “incontrolados”.

Únicamente se gobiernan los cuerpos. La gestión de los cuerpos, de su salud y de su enfermedad, de su movilidad y de su sedentarismo, de su alistamiento o de su clandestinidad, es el único objetivo del “gobierno mundial”.
El dinero, el trabajo, los transportes, los cuidados, la vivienda y los papeles de identidad son sólo unos de tantos dispositivos de los que hacen uso los gobiernos para controlar los cuerpos.
La cultura, los espectáculos y la represión son sólo medios suplementarios para controlar las “almas” en los cuerpos. Puesto que hay cuerpos sin almas, pero no almas sin cuerpos, los condicionamientos culturales se dirigen también, en última instancia, a los cuerpos. Es por mi “tuabilidad” y no por otra cosa que yo soy condicionable. Cuando el poder muestra su verdadera cara, no apunta a mi alma, impresiona mi cuerpo, pues es en cuanto cuerpo que estoy expuesto, que puedo ser asesinado o aprisionado. Los derechos del hombre son el desfile ahora planetario que querría hacernos olvidar esta evidencia, hacernos olvidar que la forclusión de la violencia es un factor cultural contingente, necesario para perpetuar un cierto régimen de poder y de opresión que azota a ciertas personas y no a otras.

El monopolio de la violencia. Persuadir a los ciudadanos a defenderse por sí mismos es inhumano y bestial; que la violencia es una abominación que hay que reprimir permanentemente hasta cansarse de sí mismo si es necesario —hallándose presente la violencia en la vida de los seres humanos al mismo grado que el oxígeno— ha sido siempre el sueño de los gobiernos. La demokracia casi lo ha realizado, al mismo tiempo que se reserva todavía por cierto tiempo el absurdo privilegio de llamar a los hombres a matar y a hacerse matar en sus guerras con ella.

Movilización, no movimiento. En Praga, para que fuera posible la convergencia por lo menos física de tantas formas de vida, hizo falta engrasar no una máquina de guerra sino una máquina organizativa. Si algunos estabas “armados” (de bastones de madera y de escudos de plástico o más simplemente de máscaras antigás para no ahogarse en medio de los lacrimógenos), la mayor parte, tanto en Seattle como en Praga, se decía animada por el sueño romántico de masas inocentes, desarmadas y desamparadas ante unos poderosos corrompidos armados hasta los dientes. La reapropiación de la violencia, que de todos modos ocurrió y que hizo la primera plana de los periódicos, es contada con estupor y condenada por unanimidad. Esto se llama la disociación y es el primer efecto tóxico de la ideología ciudadana. Que pronto se revelará mortal.

En la boca del lobo. Pero si se recusa la violencia, ¿por qué rendirse precisamente en el mismo lugar en que el dispositivo seguritario se anuncia inatacable, y su “forzamiento” como lo único posible?
Praga ha sido un “éxito”, se dice, porque las mandíbulas de la represión no se cerraron el primer día sino el segundo. Quien tuvo la desvergüenza o la despreocupación de pasear por la ciudad al día siguiente de la manifestación una pinta no conforme terminó pagando muy caro su ligereza.
¿Por qué, pues, encontrarse bajo las luces más deslumbrantes del Espectáculo sólo allí donde el menor gesto realizado es inmediatamente reproducido y amplificado en cadena internacional hasta volverse irreproductible para quienquiera que estaba ausente del acontecimiento? ¿Separar el espacio-tiempo de la lucha del espacio-tiempo de la vida no participa de aquello contra lo cual luchamos?
Que quede claro: nosotros no estamos en contra de la alegría amotinadora de Praga y de Seattle, sólo estamos en contra de su épica unicidad, que nos impide repetirlos todos los días en nuestras casas.

Allí donde hay que estar. Existe un aspecto de la represión que es raramente interrogado y que es, sin embargo, la base de toda lógica autoritaria: es la idea del lugar que cada quien debe tener. Que sepas permanecer en tu lugar, en el espacio y también en la jerarquía, es lo que te garantiza seguridad; y quien no está en su lugar bien se lo ha buscado… Lo mismo pasa en la lectura de clase dedicada a la sociedad: a los pobres y a los explotados les toca liberarse, a los ricos conservar y defender sus privilegios. Es así como se pasa de lado el carácter dinámico de la relación de dominación que hace que la mayoría de los explotados no se rebelen y trabajen meramente para hacer su vida semejante a la de su patrón, acondicionándose una existencia tan contrarrevolucionaria como este último cuando fuma su cigarro sentado en un sillón de cuero. En adelante, conformarse al lugar de patrón o al de esclavo fortalece de la misma manera la dominación en cuanto que ser empleado o patrono significa en nuestros días un rechazo idéntico del conflicto bajo todas sus formas. Ningún lugar de esta sociedad es ya revolucionario por sí mismo. La plebe ocupa el lugar de los sin-lugar, y éste es el único en el que uno puede sublevarse.
Desplazarse físicamente da, naturalmente, una excusa poderosa a la policía, puesto que uno no se encontraba efectivamente en su lugar al momento de ser arrestado. Pero en estas condiciones, ¿por qué no sublevarse en el lugar mismo? ¿Por qué, en lugar de manifestar que uno es igualmente tratado como extranjero en todas partes —lo cual es la condición del Bloom—, no manifestar que nuestro propio país y nuestro propio barrio nos son extranjeros/extraños/ajenos [étrangers] a nosotros y a los nuestros, que “nuestro lugar” no es nuestro lugar porque no queremos el que se nos concede? Y es entonces solamente que el ritornelo “nuestra patria es el mundo entero” recobrará algún sentido.

Barnum. Tony Blair, luego de los dos balazos que, en Gotemburgo, impactaron en la espalda de un niño que había lanzado piedras contra los polis, dijo que no había que dejarse distraer por el “circo anarquista itinerante”. Algo en lo cual tenía razón: para un circo, pronto se vuelve desesperante e injustamente cruel que los espectadores no quieran pagar ya su entrada.
La imagen del niño que tropieza con dos proyectiles alojados en los riñones y en el hígado, del poli que acaba de tirar, los ojos muy abiertos, la suspensión cinematográfica del motín…, todo esto tiene pinta de una mala película. Casi no nos conmovimos, pero creímos en ello. Desde luego, no nos gustaría morir así, ante una cámara, bajo la mirada parásita de los espectadores estupefactos. Aquí, el fin de los héroes no es ya una palabra, sino un sentimiento seguro. La mercancía de la rebelión circula bien en la tele y en formato tabloide, siempre que la coreografía sea buena: sólo tienes que organizarla.
¿Y las producciones de la antiglobalización, Indymedia y todo eso? Les hace falta ritmo incluso en las escenas de acción.
De todos modos, como por casualidad, cuando los policías disparan, el poder agarra el control remoto.
¿Y si la próxima cumbre fuera en Qatar?
game over.

Hooligani peligrosos. El tiempo pasa, las contracumbres cambian, de aspecto, de ritmo. Volvemos de Génova, la víctima de Gotemburgo camina de nuevo, ha perdido diez kilos, pero Carlo Giuliani, por su parte, no se mueve ya, perdió la vida, la policía la tomó, como incauta el material sospechoso en uno de sus cateos.
La evidencia que se ha hecho clara en Génova no es la de la incontrolabilidad de la policía imperial (el ministro del interior italiano declaraba al día siguiente de la masacre que tuvo lugar la noche del 21 de julio que él no estaba al tanto de la operación), ni la del incremento del nivel de la confrontación (llegada a ser mortífera), sino la del decline definitivo de la tierna broma socialdemócrata. Mientras que los medios de comunicación del mundo entero se esfuerzan en definir como criminales algunas acciones de destrucción de automóviles, de bancos, de mercancías, en una palabra: de cosas y la reapropiación de la violencia a partir de un fantasmático “Black Bloc”, el gobierno Berlusconi traza con toda inocencia la sonrisa pícara de la dictadura.
El verdadero plano de consistencia político de la contracumbre de Génova ha sido claramente el de los “violentos” que a solas asumieron el reto y el nivel del “diálogo”: los ciudadanos que desfilaban pacíficamente a favor de sus derechos fueron gaseados, apaleados, arrestados, considerados como desperdicios entrometidos que hacía falta barrer con rapidez de las calles, en tanto que los vándalos [casseurs, literalmente “rompedores”, despectivo para los que “irracionalmente” salen a destruir], que sabían dónde se encontraban y en qué condiciones estaban operando, actuaron con una relativa impunidad (muy pronto juzgada sospechosa, evidentemente, por la mala fe ciudadana). Cuando los periódicos italianos titularon sin ironía alguna que “la policía y el Black Bloc se han cargado juntos la marcha”, captaban confusamente un plano de consistencia que es aquel del Partido Imaginario, en el que la cuestión de la infiltración deviene rápidamente vana; bien es cierto que el poli provocador es también un vándalo, aunque lo contrario jamás puede ser probado, y es por esto que los reformistas salen de Génova totalmente derrotados y desorientados. La inquietud que se apodera del ciudadano frente a las fotos de los polis de civil disfrazados como manifestantes y serenamente instalados entre sus colegas uniformados recuerda bastante el espanto del niño cara al disfraz rudimentario que lleva su papá como Santa Claus. Ante la imagen de la criminalidad necesaria y constitutiva del poder policial, quienes permanecen crédulos de la ilusión demókrata gesticulan cómicamente implorando que se les tranquilice: “Cuéntenos que las acciones violentas del Black Bloc han sido el efecto de las provocaciones policiales, pero cuéntenos también que la policía es buena, que apalea por error a los amables manifestantes, que perdona a los villanos porque son sus colegas, que nos protege a pesar de todo, que trabaja para nosotros pase lo que pase”. Desde el punto de vista del ciudadano, Génova ha de reducirse a un problema de gestión entre buenos polis y malos polis: en ningún caso papá nos habría mentido, ¡Santa Claus existe!

Tratando de estar presente. El terreno móvil del no-derecho, la guerra civil pobre pero con vida de los motines, producen en realidad una forma distinta de presencia política, la de un lugar otro [un ailleurs] que toma cuerpo, de un posible que se las arregla repentinamente sin la prótesis improbable del delirio ciudadano. Los cuerpos ganan la escena concreta de lo político contra la hipóstasis del cuerpo místico de los ocho poderosos, a quienes impugnan la facultad de representarlos, de poder existir y decidir en su lugar. El desmán y la destrucción en la calle no son una invitación hecha a los medios de comunicación para que se concentren en la contestación antes que en el evento contestado (las numerosas agresiones a reporteros lo confirman), pero sí remiten a la urgencia de salir de la falsa alternativa entre la aceptación del poder tal como es o la aceptación de las reglas convenidas para transformarlo, es decir, preservándolo en ambos casos.
Salido de este callejón sin salida, ya no más cielo de la política y tierra de los ciudadanos, sino un mundo ya ahí, a poblar y a recorrer. El eslogan reformista “otro mundo es posible” que muchos anti-G8 exhibían en sus playeras no hace sino proporcionar la medida de su resignación y de su ignorancia: la cuestión no es, naturalmente, que otros mundos sean posibles, sino que otros mundos están ahí, viven o dormitan bajo el peso de los dispositivos imperiales, y que se les dirige la guerra. Basta con algunos golpes bien asestados para hacer surgir la potencia que encierran, su abrupta presencia, y con un poco de audacia para encontrar el camino que conduce a ellos.
El hecho de que el dispositivo policial de Génova, preparado con varios meses de anticipación, con reuniones de policía y de servicios de inteligencia internacionales, gastos astronómicos en alambradas, bloqueos de calles, expulsión de los habitantes de la ciudad, haya sido un fracaso total desde el punto de vista estrictamente seguritario, nos informa acerca de su función implícita no menos que sobre su función real. Los polis, al igual que los periodistas, devoran el presente, sólo están ahí para ello. Ya sea por una operación de inmovilización del tiempo (el encarcelamiento durable que prolonga un acto puntual cumplido en un momento preciso) o de multiplicación de un presente que no puede romperse (reproducción indefinida, mediante imagen o texto, de un gesto único y singular), polis y periodistas roen el espacio del acontecimiento y cooperan usando los diversos medios a su disposición para neutralizarlo.
Los recuerdos de aquellos que, en Génova, no sufrieron en sus cuerpos las consecuencias de esa guerra civil efímera están trágicamente afectados de irrealidad: el tiempo mediático y el tiempo represivo disminuyen la presencia, descualifican el sentido y la intensidad de la que ella es portadora, llevan una imagen que paraliza (la prueba, la garantía de “objetividad” para uso de quien está pasivo y ausente en el momento del hecho). Imagen viene de la palabra latina imago que designaba las máscaras de cera mortuoria. Sin importar que las imágenes de las contracumbres nos dejen indiferentes o nos afecten, ellas participan simplemente de un dispositivo de producción de confusión. Lo que los cuerpos actuantes —y aquellos que marchaban— en la calle quisieron probar era que la práctica violenta es el único medio para recobrar la presencia en el Imperio, y que es exactamente esto lo que el poder teme. Es así como se explica el miedo de la policía ante el “Black Bloc”, su pérdida de control incomprensible en atención a la desproporción de las fuerzas en juego. Tan pronto como los cuerpos no son el pálido holograma de ellos mismos, la policía dispara, porque ha perdido ya el control: no consigue ya contener la presencia de otro mundo en acto.

Cualquiera. El miedo que suscita el recurso a un medio proscrito por el dispositivo demókrata y que sin embargo no amenaza, el pasamontañas, es el miedo de lo cualquiera. Por supuesto que el Black Bloc no existe: y es por esto mismo que existe demasiado. Detrás de los pañuelos, las kufiyyas y los pasamontañas se oculta no importa quién, o quienquiera que no se disocie públicamente, pero quizá también quien lo hace. Detrás de la cara enmascarada se oculta el deseo de todo ciudadano a no ser ya controlado.
Los motines de Génova fueron intensos sin ser épicos, poderosos sin ser heroicos, y la policía, que no concibe la existencia de una “violencia” sin organización, buscó patéticamente a un supuesto “jefe” en los no menos supuestos “Black Bloc”, acumulando así en un solo deseo dos inexistencias. No todos a los que se calificó como Black Bloc en Génova estaban vestidos de negro — se dice incluso que estaban de negro en el primer día y no en el segundo, que lo estaban en los enfrentamientos y no en las demás marchas, etc. El mismo color negro es un no-color, la suma de todos los demás colores, el color cualquiera por excelencia. Quienquiera que fuera encontrado en posesión de ropa negra se convertía en los días de la contracumbre en un individuo sospechoso, del mismo modo en que quienquiera que se tapa la cara, y deviene entonces cualquiera, indiscernible dentro de la masa, sólo podría hacerlo porque debe de tener algo que ocultar. De hecho, quienquiera que pudiera estar en el Black Bloc, y por lo tanto también los polis y los neonazis, pues en un zona de no-control simplemente no hay más sujetos, lo cual vuelve completamente caduca la cuestión del “¿quién ha hecho qué?”. Poco importa si, a los ojos del control, las zonas de opacidad aparecen como imperfecciones que borrar o agujeros cavados a propósito en el tejido continuo de la vigilancia: el control no ve el acontecimiento, sólo ve los sujetos y las pretendidas consecuencias de sus actos. Pero dentro del espacio cualquiera del motín sólo hay el acontecimiento del motín que regula a su ritmo el continuum psicosomático de los cuerpos implicados en masa. El motín no es un espacio de intercambio, ni de palabra, ni necesariamente de acción, es un espacio de presencia, donde los cuerpos se confunden y los sujetos desaparecen en la connivencia del Partido Imaginario. La única verdad que la voluntad de saber del poder puede encontrar a su respecto es ésta: que sólo hay inteligencia del acontecimiento en su seno en el momento en que adviene, y que todo testimonio lo traiciona, toda exterioridad lo deforma. Quien no estaba presente no comprende. Quien estaba presente no tiene nada que explicar, puesto que el espacio del motín anónimo es un espacio desplegado, que se las arregla sin interpretación, que se erige y se aparta contra el sujeto, y por lo tanto contra sí mismo en cuanto sujeto. Cualquier enunciado que tenga por objeto la “intención” del Black Bloc se encuentra de este modo afectado de nulidad. No siendo el Black Bloc un sujeto, puede hacer todo y su contrario; quince personas de cualquier credo pueden vestirse de negro (o de blanco) y reivindicar acciones en nombre de un Black Bloc o de los Tute Bianche. La diferencia está en que en el segundo caso unos cuerpos nombrados y determinados sustituyen a la multitud para decir “Nosotros, los Tute Bianche” y pasa disociarse de todo lo que se les escapa esperando poder encauzar la potencia de lo cualquiera en una representación políticamente rentable. Pero esta apuesta está perdida por adelantado, pues es la misma que la de la policía, a la cual, por lo demás, Casarini apela para que se haga luz sobre esa zona de opacidad, olvidando que hace veinte años en Italia alguien quiso secar el mar para tomar los peces y fracasó, porque, como se les dice a los niños, “el mar no tiene fin”.


no justice / no peace / fuck the police!


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En el gran cuerpo social del Imperio

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