¿Qué es la Metafísica Crítica?



Ya no había realidad, tan sólo su caricatura.
Gottfried Benn

También hablamos del universo, de su creación y su futura destrucción.
Charles Baudelaire


En absoluto se nos escapa que “‘metafísica’ se ha vuelto una palabra —al igual que ‘abstracto’, e incluso ‘pensar’— de la cual todo el mundo huye más o menos como de la peste” (Hegel). Y de seguro es con un estremecimiento de goce malvado y con la turbadora certeza de meter el dedo en la llaga, que restablecemos en su centro aquello que la frivolidad triunfante de la época creía haber reprimido y rechazado para siempre hacia su periferia. Mediante este gesto, tenemos además el descaro de pretender que de ningún modo estamos cediendo a algún sofisticado capricho, sino más bien a una necesidad imperiosa, inscrita directamente en la historia. La Metafísica Crítica no es una habladuría más en el curso de este mundo ni la última especulación actual salida del cráneo de alguna inteligencia particular, es todo lo que nuestro tiempo contiene de más real. La Metafísica Crítica yace en todas las tripas. Sin importar cuáles sean nuestras protestas en esta materia, no cabe ninguna duda de que se intentará, de una u otra manera, atribuirnos a nosotros su invención, teniendo como objetivo ocultar este hecho envenenado: que ya existía mucho antes de encontrar su formulación, que estaba incluso por todas partes, en estado de carencia durante el sufrimiento, de denegación durante el entretenimiento, de motivo durante el consumo, o de evidencia durante la angustia. Sin duda pertenece a la sórdida apatía, a la incurable planitud y a la repugnante insignificancia de estos tiempos llamados “modernos”, el haber hecho de la metafísica la ociosa distracción a todas luces inocente de algunos eruditos fraudulentos, y el haberla emasculado hasta reducirla al mero ejercicio que conviene a dicho tipo de insectos: la mandibulación platónica. Y así, ya sólo por este aspecto, que es imposible reducir a su expresión conceptual, la Metafísica Crítica es la experiencia que desmiente fundamentalmente a la inepta “modernidad”, regocijándose cada día un poco más, con los ojos abiertos ante el exceso del desastre.


ACTO PRIMERO:Cuando lo falso se vuelve verdadero, lo verdadero mismo ya es sólo un espejismo. Cuando la nada se vuelve realidad, la realidad a su vez oscila en la nada”.
(Inscripciones que figuran en ambos lados de la entrada del “Reino del sueño y la ilusión inmensa” de acuerdo con Sueño en el pabellón rojo.)

La civilización occidental vive a crédito. Creyó que podría durar para siempre sin hacerse cargo en ningún momento de la morosidad de sus mentiras. Pero ahora se asfixia bajo el aplastamiento de su peso muerto. Por eso, antes de llegar a consideraciones más sustanciales, nos es preciso comenzar por hacer lugar y descongestionar este mundo de algunas de sus ilusiones, como por ejemplo aquella que dice que la modernidad habría, como tal, existido. No corresponde a nuestras consideraciones retrasarse con los hechos indiscutibles. Que el propio término de “modernidad” ya sólo despierte hoy, como regla general, una ironía fastidiosa —y esto sin importar la senilidad progresista que la acompaña—, hace que aparezca al fin como aquello que nunca ha dejado de ser: el fetiche verbal, superstición de algunos cabrones y simples de espíritu, que rodeó el ascenso progresivo de las relaciones mercantiles en la hegemonía social a partir del pretendido “Renacimiento”, en favor de intereses que nos explicamos ya demasiado bien, esto es algo que apenas amerita exégesis. Aquí se trata solamente de un vulgar caso de chantaje de etiquetas, cuya elucidación dejamos a los sacristanes del historicismo futuro. Nuestro asunto es más grave de otro modo. Ocurre que, así como las relaciones mercantiles jamás han existido en cuanto relaciones mercantiles, sino solamente como relaciones entre hombres travestidos de relaciones entre cosas, así también lo que se dice, se cree o es tenido por “moderno” jamás ha existido verdaderamente en cuanto moderno. La esencia de la economía, ese pseudónimo transparente bajo el cual la modernidad mercantil intenta regularmente hacerse pasar por una eternidad evidente, no tiene nada de económica; y ciertamente, su fundamento, que le sirve además como programa, se enuncia en estos términos abruptos: negación de la metafísica, es decir de que para el hombre la tracendencia es la causa eficiente de la inmanencia, o en otros términos, de que el mundo, para él, hace sentido, lo suprasensible apareciendo en lo sensible. Ese bello proyecto está contenido completamente en la ilusión aberrante, aunque eficaz, de que una completa separación entre lo físico y lo metafísico sería posible (disyunción que toma muy a menudo la forma de una hipóstasis de lo físico, erigido como modelo de toda objetividad, y que comanda lógicamente una miríada de otras escisiones locales, entre vida y sentido, sueño y razón, individuo y sociedad, medios y fines, artistas y burgueses, trabajo intelectual y trabajo material, dirigentes y ejecutantes, etc., que no son, en su multitud, menos absurdas, volviéndose cada uno de estos conceptos abstracto y perdiendo todo contenido fuera de la interacción viva con su contrario). Ahora bien, al ser realmente, es decir, humanamente, imposible tal separación, y al haber fracasado hasta el día de hoy la liquidación de la humanidad, nada moderno pudo haber existido jamás como tal. Lo que es moderno no es real, lo que es real no es moderno. Sin embargo, existe sin duda una realización de ese programa, pero ahora que se culmina vemos también que es todo lo contrario de lo que pensaba ser, en pocas palabras: la completa desrealización del mundo. Y toda la extensión de lo visible lleva consigo a partir de ahora, por su carácter vacilante, el testimonio brutal de que la negación realizada de la metafísica es sólo, después de todo, la realización de una metafísica de la negación. El funcionalismo y el materialismo inherentes a la modernidad mercantil han producido por todas partes un vacío, pero este vacío corresponde a la experiencia metafísica originaria: donde las respuestas que van más allá de lo ente —y que permitirían su orientación— han desaparecido, surge la angustia, y el carácter metafísico del mundo aflora a la vista de todos. Nunca el sentimiento de la extranjería y del extrañamiento había sido tan agobiante como ante las producciones abstractas de un mundo que pretendía sepultarlo bajo la inmensa opulencia incuestionable de sus mercancías acumuladas. Los lugares, los vestidos, las palabras y las arquitecturas, los rostros, los gestos, las miradas y los amores, ya son sólo las máscaras terribles que una sola y misma ausencia se ha inventado para venir a nuestro encuentro. La nada ha colocado visiblemente sus cuarteles en medio de la intimidad de las cosas y los seres. La superficie lisa de la apariencia espectacular cruje por doquier bajo el efecto de su crecimiento. La sensación física de su proximidad ha dejado de ser la experiencia última reservada a unos cuantos círculos de místicos, y por el contrario es la única que el mundo mercantil nos ha dejado intacta, multiplicándola incluso con la desaparición programada de todas las demás; bien es cierto que es también la única que se había propuesto explícitamente aniquilar. Todos los productos de esta sociedad —podemos pensar en la conceptualidad hueca de la Jovencita, del urbanismo contemporáneo o de la música tecno— son cosas que el espíritu ha abandonado, y que han sobrevivido a todo sentido así como a toda razón de ser. Son signos que se intercambian de acuerdo con movimientos planos, y que no significan simplemente nada, como los amables mocosos del posmodernismo preferirían creer, sino más bien la Nada. Todas las cosas de este mundo subsisten en un exilio perceptible. Son víctimas de una ligera y constante disminución de ser. Indudablemente, esa modernidad que se quería libre de misterios y que juraba liquidar la metafísica, más bien la ha realizado. Ha producido una decoración conformada de puros fenómenos, de puros entes que no son nada más allá del simple hecho de mantenerse ahí, en su positividad vacía, y que incitan sin descanso al hombre a experimentar “la maravilla de las maravillas: que lo ente es” (Heidegger, ¿Qué es la metafísica?). Nos basta, dentro de esta sala de espera ultramoderna hecha de hielo, mármol y acero a la que el azar nos ha llevado, una fina relajación de la constricción cerebral para ver brutalmente todo lo existente deslizarse e invaginarse en una presencia al mismo tiempo opresora y flotante, en la cual nada permanece. La experiencia de lo Totalmente Otro nos alcanza así en las circunstancias más comunes, incluso al interior de una panadería frescamente renovada. Un mundo se extiende ante nosotros, al cual nuestra mirada ya no consigue abarcar. La angustia aguarda aquí en todas sus encrucijadas. Ahora bien, esta experiencia desastrosa, en la cual emergemos violentamente fuera de lo existente, no es otra que la de la trascendencia, al mismo tiempo que la de esa irremediable negatividad que nosotros contenemos. Es en ella que toda la sofocante “realidad”, la misma que la gran maquinaria de la impostura social trabajaba para establecer como evidencia, repentina y descuidadamente se hunde, dando lugar a la hiancia de su nulidad. Esta experiencia es nada menos que el fundamento de la metafísica, donde ésta aparece precisamente como metafísica, donde el mundo aparece como mundo. Pero la metafísica que vuelve de este modo no es la metafísica que se había desechado, pues vuelve como verdad y negación de aquello que había vencido a la antigua, vuelve como conquistadora, como metafísica crítica. Puesto que el proyecto de la modernidad mercantil no es nada, su realización no es más que la extensión del desierto en la totalidad de lo existente. Y es este desierto lo que venimos a devastar.
Entronizada sin apoyo justo en medio de las catástrofes que se amontonan, la dominación mercantil (y por “dominación” nosotros no entendemos otra cosa que la relación de complicidad, simbólicamente mediada, entre dominadores y dominados; por esto no cabe duda, para nosotros, de que “el atormentador y el atormentado son uno solo, ya que el primero se equivoca al creer que no participa del tormento, y el otro al creer que no participa de la culpa” — ¡a tu perrera, Bourdieu!) ya no se siente en casa ante el singular estado de cosas que sin embargo ha producido, y a la cual desmiente cualquier mínimo detalle. Para convencerse de esto basta con prestar atención al paso de nuestros contemporáneos, que nos recuerdan a una banda de fugitivos corriendo tras de sí mismos y acosados por su propia inquietud metafísica. Para el Bloom es ahora un trabajo de tiempo completo el sustraerse de la experiencia fundamental de la nada, la cual arruina cualquier fe simple en este mundo. La irrisión de las cosas amenaza en todo instante con sumergir la consciencia del Bloom. Ignorar el olvido del Ser, cuya retirada nos rodea en cada periferia, en cada vagina, así como en cada gasolinería, exige a partir de ahora la ingestión cotidiana de dosis casi letales de Prozac, información y Viagra. Pero todos estos remedios de corto alcance no suprimen la angustia; la ocultan solamente, y la expulsan hacia una sombra propicia para su crecimiento silencioso. Finalmente, las revistas femeninas de igual modo tienen que convencer —para vender sus mentiras y enfermedades— a sus lectoras de que “La verdad es buena para la salud”; algunas multinacionales de cosméticos son capaces de prodigar “metafísica, ética y epistemología” en sus envases; TF1 erige la “búsqueda de sentido” como principio rentable de su programación futura; y Starck, ese falsificador ilustrado, asegura en La Redoute que cuenta con algunos años de adelanto respecto de sus competidores, componiendo para ella un “catálogo de no-productos para uso de no-consumidores”. Apenas nos podemos imaginar qué tan interiormente desamparada está la dominación para que haya llegado a esto. En estas condiciones, el pensamiento crítico tiene que dejar de esperar, de la constitución de un sujeto revolucionario de masas, la revelación del carácter inminente de un trastornamiento social. Esto lo debe más bien aprender a leer en la formidable explosión de la demanda social de entretenimiento durante el período reciente. Este fenómeno es señal de que la presión de las cuestiones esenciales, tan largo tiempo mantenidas en suspenso, y con tantos beneficios, ha atravesado el umbral de lo intolerable. Pues, si uno se diverte con semejante furor, hace falta, sin duda, que se esté divirtiendo de algo y que ese algo se haya convertido en una presencia muy obsesiva. “Si el hombre fuera feliz, tanto más lo sería cuanto menos divertido estuviera” (Pascal).
Supongamos que el objeto que esparce por todas partes un terror tan notorio, y del que aún se pudiera negar su acción efectiva sólo en la medida en que no fuera nombrado, fuera la Metafísica Crítica (y se trata aquí de una definición que quizá nunca volveremos a dar de una manera tan inteligible y clara). Los inofensivos sociólogos no están naturalmente dotados de los órganos que les permitirían comprender qué es lo que se está tratando aquí, así como por otra parte tampoco lo está el puñado de pobres estetas inspirados por la indignación, que vituperan la miseria de la época desde lo alto de su profesión de escritores, y que no ven en el consumo más que el consumo mismo. No es la extraordinaria extensión del desastre lo que nos hace pensar en su contestación, sino su significación. El terror general al envejecimiento, la encantadora anorexia femenina, el apresamiento de lo vivo, el apocalipsis sexual, la administración industrial del entretenimiento, el triunfo de la Jovencita, la aparición de patologías inéditas y monstruosas, el aislamiento paranoico de los egos, la explosión de actos de violencia gratuita, la afirmación fanática y universal de un hedonismo de supermercado, todo esto conforma una elegante letanía para todo tipo de paroxistas. En cuanto al ojo ejercitado, no ve en todo esto nada que acredite la victoria sin retorno de la mercancía y de su imperio de confusión, sino que más bien vislumbra la intensidad de la espera general, de la espera mesiánica de la catástrofe, del momento de verdad que al fin pondrá un término a la irrealidad de un mundo de mentiras. Sobre este punto, como sobre muchos otros, no resulta superfluo ser sabateo.
Desde el punto de vista en que nos colocamos, la sumersión resuelta de las masas en la inmanencia y su huida ininterrumpida hacia la insignificancia —cosas ambas que podrían hacernos perder la esperanza en el género humano— dejan de aparecer como fenómenos positivos que tendrían en sí mismos su verdad, y más bien son comprendidos como movimientos puramente negativos, que acompañan al éxodo obligado fuera de una esfera de la significación que el Espectáculo ha colonizado integralmente, fuera de todas las figuras, de todas las formas bajo las cuales está permitido actualmente aparecer y que nos expropian del sentido de nuestros actos, así como de nuestros propios actos. Pero esta huida ya no es suficiente, y hace falta entonces vender en paquetes individuales el vacío dejado por la Metafísica Crítica. Lo New Age, por ejemplo, corresponde a su dilución infinitesimal, a su travestimiento burlesco mediante el cual la sociedad mercantil intenta inmunizarse contra ella. La constatación de la separación generalizada —entre lo sensible y lo suprasensible, así como entre los hombres—, el proyecto de restaurar la unidad del mundo, la insistencia en la categoría de la totalidad, la primacía del espíritu, o la intimidad con el dolor humano, se combinan aquí de manera calculada como una nueva mercancía, como nuevas técnicas. El budismo pertenece también a las muchas higienes espirituales que la dominación deberá poner en marcha para salvar al positivismo y el individualismo bajo cualquier forma posible, para permanecer un poco más en el nihilismo. En cualquier caso, se vuelve incluso a blandir el estandarte apolillado de las religiones, de las cuales se sabe cuán útil complemento pueden resultar en el reino terrestre de todas las miserias (se sigue de esto que cuando un semanario de beatos en calzado deportivo se preocupa ingenuamente, en su portada, si “¿El siglo xxi será religioso?”, será necesario leer más bien “¿El siglo xxi conseguirá refrenar la Metafísica Crítica?”). Todas las “nuevas necesidades” que el capitalismo tardío se enorgullece de satisfacer, toda la agitación histérica de sus empleados, e incluso la extensión de la relación de consumo al conjunto de la vida humana, todas esas buenas noticias que cree dar acerca de la perennidad de su triunfo, jamás miden por tanto otra cosa que la profundización de su fracaso, del sufrimiento y la angustia. Y es este inmenso sufrimiento, que puebla las miradas y endurece las cosas a tal grado, lo que él debe siempre nuevamente, en una carrera jadeante, poner a trabajar, degradando en necesidades la tensión fundamental de los hombres hacia la realización soberana de sus virtualidades, tensión que no cesa de acrecentarse con la distancia que los separa de ellas. Pero la evasión se agota y su eficacia tendencial decrece rápidamente. El consumo ya no consigue enjugar el exceso de lágrimas contenidas. Por eso, le es necesario poner en marcha dispositivos de selección cada vez más ruinosos y drásticos para excluir de los engranajes de la dominación a aquellos que no pudieron asolar en sí mismos toda propensión a la humanidad. No está supuesto que ninguno de los que participan efectivamente en esta sociedad ignore lo que le podría costar el dejar que su auténtico dolor sea visto en público. No obstante, a pesar de esas maquinaciones, el sufrimiento no deja de acumularse en la noche prescrita de la intimidad, en la que busca tanteando, con obstinación, un medio para escurrirse. Y si se considera que el Espectáculo no le puede prohibir eternamente manifestarse, tiene que concedérselo cada vez más a menudo, pero sólo travistiendo su expresión, designando en el duelo planetario uno de esos objetos vacíos, una de esas momias reales cuya confección es su secreto. Pero el sufrimiento no puede satisfacerse con semejantes falsas-apariencias. Por eso espera, pacientemente, como si acechara la brutal suspensión del curso regular del horror, donde los hombres se confesarían con un alivio sin límites: “Indeciblemente, todo nos hace falta. Sucumbimos por la nostalgia del Ser” (Bloy, Beluarios y porqueros).
Se comprenderá ahora ciertamente mejor que nosotros rehusamos todo tipo de paternidad para la Metafísica Crítica: nos bastará con abrir los ojos para verla dibujarse entre líneas sobre la superficie de la época, como su centro vacío. La Metafísica Crítica se entrega a quienquiera que tenga coraje de vivir con los ojos abiertos, lo cual a la larga no exige más que una obstinación particular que se acostumbra hacer pasar por demencia. Pues la Metafísica Crítica es la rabia a tal grado de acumulación que deviene mirada. Pero esta mirada, que se ha curado de todos los miserables hechizos de la modernidad, no conoce el mundo como algo distinto de sí mismo. Ve que, bajo sus formas vulgares, el materialismo y el idealismo han pasado, que “lo infinito es tan indispensable para el hombre como el planeta donde vive” (Dostoievski) y que, incluso donde parece que uno prospera en la inmanencia más satisfecha, la consciencia está aún presente como inaudible sentimiento de desmedro, como mala conciencia. La hipótesis kojèviana de un “fin de la Historia” en el cual el hombre seguiría “viviendo como animal que está en concordancia con la Naturaleza y el Ser dado”, en el cual “los animales poshistóricos de la especie Homo Sapiens (que [vivirían] en la abundancia y en plena seguridad) [estarían] contentos en función de su comportamiento artístico, erótico y lúdico, visto que por definición ellos se [contentarían] con todo esto”, y en el cual desaparecería el conocimiento discursivo del mundo y de uno mismo, se ha revelado como la utopía del Espectáculo, pero también se ha revelado, como tal, irrealizable. Manifiestamente no existe en ningún lado, para los hombres, un acceso a la condición animal. La nuda vida es aún para ellos una forma de vida. El desgraciado “hombre moderno” —pasemos por alto el oxímoron—, que había puesto un cuidado tan virulento para liberarse de la carga de la libertad, comienza a entrever que esto es algo imposible, que él no puede renunciar a su humanidad sin renunciar a la vida misma, que un hombre animalizado ni siquiera es un animal. En el acabamiento de esta época todo lleva a creer que el hombre sólo puede sobrevivir en el elemento del sentido. Nada, como el esfuerzo que nuestros contemporáneos emplean para divertirse, nos muestra hasta qué punto lo posible que el hombre contiene tiende por sí mismo hacia su realización. Sus propios crímenes le son dictados por el deseo de encontrar un empleo para sus facultades. De este modo, pensar no representa para él un deber, sino una necesidad esencial, cuyo incumplimiento es sufrimiento, es decir, contradicción entre sus posibilidades y su existencia. Los hombres se marchitan físicamente en la negación de su dimensión metafísica. Al mismo tiempo se muestra claramente que la alienación no es un estado en el que estarían definitivamente sumergidos, sino la incesante actividad que se tiene que desplegar para mantenerlos en ella. La ausencia de consciencia no es más que el refrenamiento continuo de ésta. La insignificancia tiene aún un sentido. El olvido completo del carácter metafísico de toda existencia es sin lugar a dudas una catástrofe, pero es una catástrofe metafísica. Y es la misma constatación lo que, a pesar de que tenga al menos treinta años de antigüedad, se impone en el dominio del pensamiento: “La filosofía analítica contemporánea se encarniza en exorcizar ‘mitos’ o ‘fantasmas’ metafísicos tales como la Consciencia, el Espíritu, la Voluntad, el Ego, disolviendo el contenido de estos conceptos en formulaciones que enuncian operaciones, cumplimientos, fuerzas, disposiciones, propensiones, habilidades particulares y precisas. El resultado muestra, de una manera extraña, que es imposible destruir estos conceptos” (Marcuse, El hombre unidimensional). La metafísica es el espectro que atormenta al hombre occidental desde hace cinco siglos que éste intenta ahogarse en la inmanencia, sin conseguirlo.


ACTO SEGUNDO: “La Verdad debe ser dicha, el mundo debe volar en pedazos” (Fichte).

A pesar de esto, el gesto de reconocer el olvido del Ser, y por consiguiente de salir del nihilismo, no tiene nada de evidente, nada que sea susceptible de un fundamento racional; se trata de una decisión moral. Y no abstractamente, sino concretamente moral: pues en el mundo de la mercancía autoritaria, donde la renuncia al pensamiento es la primera condición de “integración social”, la consciencia resulta inmediatamente un acto, y un acto del que es corriente que se juzgue bueno privarte hasta la hambruna, sea directa o indirectamente, mediante el simpático servicio de aquellos de los que dependes. Ahora que todas las instancias represivas en que la moral se alienaba en moralidad caen en pedazos, nos es por fin dado el conocerla en su radicalidad originaria que la designa como la unidad de las costumbres de los hombres y de la consciencia que de ellas tienen, y, en cuanto tal, como el enemigo absoluto de este mundo. Esto podría expresarse en términos más tajantes de la manera siguiente: se combate o a favor del Espectáculo o a favor del Partido Imaginario; y entre ambos no hay nada. Todos aquellos que pueden adaptarse a una sociedad que se adapta tan bien a la inhumanidad, todos aquellos a los que sienta bien propinar la limosna de su indiferencia tanto a su propio sufrimiento como al de sus semejantes, todos aquellos que hablan del desastre como si se tratara de un nuevo mercado con prometedoras salidas, no son nuestros hermanos. Concebimos su muerte como un hecho deseable. No les reprochamos que no se consagren a la Metafísica Crítica, cosa que podría constituir, en calidad de discurso, un objeto social determinado, sino que rechacen ver su contenido de verdad, el cual, estando en todas partes, excede toda determinación particular. Ninguna coartada se sostiene ante tal ceguera; la aptitud metafísica es la cosa mejor compartida en el mundo: “no es necesario ser zapatero para saber si te van unos zapatos” (Hegel); rechazar ejercerla constituye, en las condiciones actuales, un crimen permanente. Y este crimen (la denegación del carácter metafísico de lo que es) goza del beneficio de una tan duradera y general complicidad que se ha vuelto revolucionario formular los principios a priori sobre los cuales se funda toda experiencia humana. Aquí nos hace falta recordarlos, para vergüenza de los tiempos.
1. Así como la enfermedad no es manifiestamente la suma de sus síntomas, el mundo no es manifiestamente la suma de sus objetos, de “lo que es el caso”, o de sus fenómenos, sino más bien, sin duda, un carácter del hombre mismo. El mundo no existe en cuanto mundo más que para el hombre. Inversamente, no hay hombre sin mundo; la situación del Bloom es una abstracción transitoria. Cada uno se encuentra siempre-ya arrojado a un mundo del que hace su experiencia como totalidad dinámica y del que, partiendo, tiene necesariamente una precomprensión, por rudimentaria que ésta sea. Su simple conservación lo exige.
2. El mundo es una metafísica, es decir que la manera en que se da a primera vista su pretendida neutralidad objetiva, su simple estructura material, participa ya de una cierta interpretación metafísica que lo constituye. El mundo es siempre el producto de un modo de develamiento que hace entrar las cosas en la presencia. Algo así como lo “sensible” existe para el hombre sólo en relación a una interpretación suprasensible de lo que es. Evidentemente, esta interpretación no existe de manera separada, no se encuentra en ninguna parte fuera del mundo, ya que ella es lo que lo configura. Todo lo visible reposa sobre la invisibilidad de esta representación, la cual funda aquello que se da a ver, y que develando al mismo tiempo vela. La esencia de lo visible no tiene, por tanto, nada de visible. Este modo de develamiento, por imperceptible que sea, es bastante más concreto que todas las abstracciones coloridas que se querría hacer pasar por “la realidad”. Lo dado es siempre lo colocado, y obtiene su ser de una afirmación original del Espíritu: “El mundo es mi representación”. En su fondo, es decir, en su surgimiento, el hombre y el mundo coinciden.
3. Lo sensible y lo suprasensible son fundamentalmente lo mismo, pero de manera diferenciada. Olvidar uno de los dos términos para hipostasiar el otro tiene como consecuencia volver a ambos abstractos: “Destituir lo suprasensible suprime igualmente a lo meramente sensible y, con ello, la diferencia entre ambos” (Heidegger).
4. La intuición humana primitiva no es sino la intuición de la representación y la imaginación. La pretendida inmediatez sensible le es posterior. “Al comienzo los hombres sólo ven las cosas tal como aparecen a ellos y no tal como ellas son; no ven en las cosas las cosas mismas, sino la idea que se hacen de ellas” (Feuerbach, Principios de la filosofía del futuro). La ideología de lo “concreto”, que fetichiza de acuerdo con sus diferentes versiones lo “real”, lo “auténtico”, lo “cotidiano”, las “pequeñeces”, lo “natural” y otras “rebanadas de vida”, no es sino el grado cero de la metafísica, la teoría general de este mundo, su compendio enciclopédico, su lógica bajo una forma popular, su punta de honor espiritualista, su sanción moral, su complemento ceremonial, su motivo universal de consolación y justificación.
5. Todas las evidencias indican que “el hombre es un animal metafísico” (Schopenhauer). Y por ello no hay que entender únicamente que él es ese ser para el cual el mundo hace sentido hasta en su insignificancia, o cuya inquietud no se deja tranquilizar por nada que sea finito, sino eminentemente que toda su experiencia está tejida en un tela que no existe. He aquí por qué los sistemas propiamente materialistas, así como el escepticismo absoluto, jamás han podido ejercer por sí mismos una influencia muy profunda o duradera. Ciertamente, el hombre puede contenerse, durante largos períodos de tiempo, de hacer metafísica conscientemente, y es así como se las arregla regularmente, pero no puede prescindir por completo de ella. “Nada es tan portátil, si se quiere, como la metafísica. […] Y lo que sería difícil, e incluso rigurosamente imposible, sería no tenerla, sería que alguien no tuviera su metafísica, o al menos algo de metafísica… Lo que ocurre es que no solamente todo el mundo no tiene la misma, lo cual es demasiado evidente, sino que todo el mundo no la tiene ni del mismo tipo, ni del mismo grado, ni de la misma naturaleza, ni de la misma calidad” (Péguy, Situaciones).
6. La metafísica no es la simple negación de lo físico, sino simétricamente su fundamento y su superación dialéctica. El prefijo meta-, que significa tanto “con” como “más allá”, no tiene el sentido de una disyunción, sino de una Aufhebung, en el sentido hegeliano. Por eso la metafísica no es nada abstracta, ya que es lo que funda toda concreción; es lo que se mantiene detrás de lo físico y lo vuelve posible. La metafísica “supera la naturaleza para alcanzar aquello que se esconde en o tras ella, pero considerándolo siempre como lo que en ella se manifiesta, y no con independencia de todo fenómeno” (Schopenhauer). La metafísica designa, por tanto, el simple hecho de que el modo de develamiento y el objeto develado permanecen en un sentido original como “la misma cosa”. Por eso no es, en su conjunto, otra cosa que la experiencia en cuanto experiencia, y sólo es posible a partir de una fenomenología de la vida cotidiana.
7. Las derrotas sucesivas que la ciencia mecanicista no ha dejado de sufrir y contener desde hace un siglo, tanto en el frente de lo infinitamente grande como en el de lo infinitamente pequeño, han condenado definitivamente el proyecto para establecer una física sin metafísica. Y hace falta nuevamente, tras tantos desastres previsibles, reconocer con Schopenhauer que la explicación física que rechaza ver que “en cuanto tal, requiere aún una explicación metafísica que le proporcione la clave de todos sus supuestos […] llega a tropezarse en todos lados con una explicación metafísica que la suprime, es decir, que le quita su carácter de explicación”. “Los naturalistas se esfuerzan en mostrar que todos los fenómenos, incluso los espirituales, son físicos, y en esto, tienen razón; sólo que no se dan cuenta de que todo lo físico es a la vez, por otro lado, metafísico”. Y leemos las siguientes líneas como una profecía amarga: “Cuanto más grandes sean los progresos de la física, más vivamente harán sentir la necesidad de una metafísica. En efecto, un conocimiento de la naturaleza más exacto, más ampliado y más profundo, por un lado, mina y finalmente invalida las ideas metafísicas vigentes hasta entonces; y, por otro lado, plantea el problema de la metafísica de forma más clara, correcta y completa, separándolo netamente de todo elemento físico”.
8. La metafísica mercantil no es una metafísica más entre otras muchas, es la metafísica que niega toda metafísica y primeramente a sí misma como metafísica. Es por esto que es también, de entre todas, la metafísica más nula, la que querría sinceramente hacerse pasar por una simple física. La contradicción, es decir, la falsedad, es su rasgo más duradero y distintivo, que afirma tan categóricamente lo que no es sino una pura negación. El nihilismo corresponde al período histórico de la explicitación de esta metafísica, y de su nulidad. Pero esta explicitación tiene también que ser ella misma explicitada. Y de una vez por todas: no hay mundo mercantil, sólo hay un punto de vista mercantil sobre el mundo.
9. El lenguaje no es un sistema de signos, sino la promesa de una reconciliación de las palabras y las cosas. “Sus universales son los elementos primarios de la experiencia; no como conceptos filosóficos, sino como cualidades reales del mundo que afrontamos diariamente […]. Cada universal sustancial encierra cualidades que sobrepasan toda experiencia particular, pero que persisten en el espíritu, no como una invención de la imaginación ni como posibilidades lógicas, sino como la sustancia, la ‘materia’, de la que está hecho nuestro mundo”. De lo que se sigue que la operación mediante la cual un concepto designa una realidad constituye a la vez una negación y una realización del mismo. “El concepto de belleza comprende toda la belleza no realizada aún; el concepto de libertad, toda la libertad no alcanzada aún” (Marcuse, El hombre unidimensional). Los universales tienen un carácter normativo, y es por esto que el nihilismo les ha declarado la guerra. “El ens perfectissimum es al mismo tiempo el ens realissimum. Cuanto más perfecta es una cosa, más es” (Lukács, El alma y las formas). Lo excelente es más real, más general, que lo mediocre, pues realiza más plenamente su esencia: el concepto ciertamente unifica una variedad, pero la unifica aristocratizándola. El pensamiento crítico es aquel que efectúa la salida del nihilismo a partir de la trascendencia profana del lenguaje y el mundo. Para él, lo trascendente es que el mundo es, y lo indecible es que hay lenguaje. Una facultad de conflagración poco común se une a la consciencia que recorre su tiempo desde el borde de semejante nada. Cada vez que encontró la lengua para comunicarse, la historia conservó su marca. Lo que es esencialmente importante es concentrar los esfuerzos hacia esta dirección. El lenguaje constituye tanto lo que está en juego como el teatro de la partida decisiva. “Siempre se tratará únicamente de saber si la palabra y la vida se pueden reconciliar, y de cómo hacerlo” (Brice Parain, Sobre la dialéctica).
10. El “imperativo categórico de echar por tierra todas las condiciones en que el hombre sea un ser humillado, sojuzgado, abandonado y despreciable” (Marx) sólo puede fundarlo una definición del hombre como ser metafísico, es decir, abierto a la experiencia del sentido. Nadie, ni siquiera esa lombriz de la inteligencia que fue durante toda su existencia Hans Jonas, ha dejado de reconocerlo: “Filosóficamente, la metafísica ha caído en nuestros días en la desgracia, pero no podríamos prescindir de ella; así que tenemos que aventurarnos de nuevo en ella. Pues sólo ella es capaz de decirnos por qué el hombre debe ser, y por tanto no tiene el derecho de provocar su desaparición del mundo o de permitirla por simple negligencia; y también cómo debe ser el hombre a fin de honrar y no traicionar la razón en virtud de la cual él debe ser… De ahí la necesidad renovada de la metafísica, que debe, por medio de su visión, armarnos contra la ceguera” (Sobre el fundamento ontológico de una ética del futuro).
11. Dicho sea de paso, la realidad es la unidad del sentido y la vida.
12. Todo lo que está separado recuerda que estuvo unido, pero el objeto de este recuerdo se mantiene en el futuro. “El espíritu es lo que se encuentra, y por consiguiente lo que se perdió” (Hegel).
13. La libertad del hombre nunca ha consistido en la capacidad de ir, venir y ocupar el tiempo como le plazca —esto es más bien adecuado para los animales, de los que se dice, muy significativamente, que están “en libertad”—, sino en darse forma, en realizar la figura que él contiene, o que él quiere. Ser significa mantener su palabra. Toda la vida humana no es más que una apuesta a la trascendencia.
se ha podido, en el pasado, tratar semejantes enunciados con el desprecio especial y divertido que el filisteo siempre ha reservado para las consideraciones aparentemente desprovistas de toda efectividad. Pero, mientras tanto, las metamorfosis de la dominación les han conferido una concreción desagradablemente cotidiana. El hundimiento definitivo e histórico, en 1914, del liberalismo realmente existente, ha conducido a la sociedad mercantil —para mantener la ficción de su evidencia, para defenderse de los asaltos revolucionarios que manifestaban en todos los países occidentales la incapacidad del punto de vista económico para captar el todo del hombre, y en fin, para asegurar la reproducción abstracta de sus relaciones— a colonizar con urgencia, y luego con método, toda la esfera del sentido, todo el territorio de la apariencia y finalmente, también, todo el campo de la creación imaginaria. En una palabra, ha tenido que invadir la totalidad del continente metafísico con el único fin de asegurar su hegemonía terrestre. Ciertamente, el simple hecho de que el momento exacto de su apogeo, el siglo xix, no haya sido dominado por la armonía, sino por la hostilidad absoluta (y absolutamente falsa) de las figuras del Artista y el Burgués, constituía en sí una prueba suficiente de su imposibilidad, pero sólo los grandes desastres en los cuales se bañaron los primeros decenios de este siglo llenaron su absurdo con bastantes dolores para que el edificio entero de la civilización parezca tambalearse. La dominación mercantil aprendió entonces de aquellos que se le oponían, que ya no podía limitarse a considerar al hombre como un simple trabajador, como un factor de producción inerte, sino que, para perpetuarse, más bien tenía que organizar todo lo que se extendía al exterior de la esfera estricta de la producción material. Cualquiera que haya sido, hasta ese punto, su repugnancia hacia todo esto, tuvo que imponer un brusco accelerando al proceso de socialización de la sociedad, y encargarse de todo aquello a lo que hasta entonces había negado su existencia, todo aquello que había abandonado desdeñosamente en el lugar de la “actividad improductiva”, la “fantasía privada”, el arte y la “metafísica”. En el espacio de unos pocos años, y en un principio sin una resistencia notable, la Publicidad ha caído completamente bajo la arbitrariedad del protectorado espectacular (es un hecho general que el proseguimiento de ofensivas antiguas es reconocido raramente cuando éstas se arman con medios totalmente nuevos). Dado que la interpretación mercantil del mundo ha sido desmentida por los hechos como insensata, se emprendió por tanto hacerla entrar en los hechos. Y dado que la mística mercantil —que postulaba formal y exteriormente la equivalencia general de todas las cosas y la intercambiabilidad universal de todo— ha quedado claramente manifestada como pura negación, como mórbido apresamiento, se resolvió volver a las cosas realmente equivalentes, y a los seres interiormente intercambiables. Dado que la liquidación sistemática de todo aquello que en la inmediatez encubría una trascendencia (comunidades, ethos, valores, lenguaje, historia) ha colocado a los hombres peligrosamente frente a la exigencia de la libertad, se decidió producir industrialmente trascendencias de pacotilla, y traficarlas a precio de oro. Nosotros nos mantenemos en el otro extremo de esta larga víspera de la aberración. Pues así como su fracaso es lo que en el pasado ha arrojado las bases de la extensión al infinito del mundo de la economía, así el cumplimiento contemporáneo de esta extensión universal lleva consigo el anuncio de su próximo derrumbamiento.
Este proceso crítico de realización de la indigente metafísica mercantil ha sido diversamente designado con los conceptos de “Movilización Total” (Jünger), “Gran Transformación” (Polanyi) o “Espectáculo” (Debord) (por ahora, hemos recurrido más gustosamente a este último concepto, que se mantiene indiscutiblemente como una de esas máquinas de guerra que estamos gustosos de usar, en cuanto figura que penetra de manera transversal todas las esferas de la actividad social y donde el objeto develado se confunde con su modo de develamiento). Si la Figura no se deja deducir simplemente a partir de sus manifestaciones, siendo ella misma lo que las funda, no resulta inútil, sin embargo, notar al menos las más superficiales de ellas. Es así como la propaganda se encargó, desde los años 1920, y en los propios términos de sus primeros ideólogos (Walter Pitkin y Edward Filene), de inculcar a los Bloom “una nueva filosofía de la existencia”, de presentarles la sociedad de consumo como “el mundo de los hechos”, con el propósito anunciado de contrarrestar la ofensiva comunista. La producción calibrada de mercancías culturales y su circulación masiva —el despliegue fulgurante de la industria cinematográfica es un buen ejemplo de ello— se encargó de estrechar con júbilo el control de los comportamientos, de difundir los modos de vida adaptados a las nuevas exigencias del capitalismo y, principalmente, de esparcir la ilusión de su viabilidad. El urbanismo procedió a edificar el entorno físico comandado por la Weltanschauung mercantil. El formidable desarrollo de los medios de comunicación y de transporte en esos años comenzó por abolir concretamente el espacio y el tiempo, que oponían una nefasta resistencia a la puesta en equivalencia universal. Los medios de comunicación de masas iniciaron desde entonces el proceso por el cual debían poco a poco concentrar en un monopolio autónomo la producción del sentido. Debían, posteriormente, y como compensación, extender a la totalidad de lo visible un modo de develamiento particular, cuya esencia consiste en conferir al estado de cosas en vigor una inquebrantable objetividad y, con ello, modelar a escala del género una relación con el mundo fundada en el asentimiento postulado con respecto a lo que es. Aún hace falta notar que las primeras menciones literarias de la función represiva de la Jovencita se multiplicaron en esta precisa época, en Proust, Kraus o Gombrowicz. Y, en fin, es de manera contemporánea que aparece en las producciones del espíritu la figura del Bloom, tan reconocible en Valéry, Kafka, Musil, Michaux o Heidegger.
Esta fase terminal de la modernidad mercantil se presenta bajo una luz necesariamente contradictoria, porque es en este proceso que ella se niega al mismo tiempo que se realiza. Por un lado, cada uno de sus avances contribuye, en este estadio, a arruinar un poco más su propio fundamento: la negación de la metafísica, es decir, la estricta disyunción entre sensible y suprasensible. Con la extensión virtualmente infinita del universo de la experiencia, “el contenido de las especulaciones […] tiende a tener un sentido cada vez más real; sobre la base de la tecnología, la metafísica tiende a devenir física” (Marcuse, El hombre unidimensional). La separación de lo sensible y lo suprasensible se encuentra cada día debilitada con las nuevas realizaciones de la industria. “Lo maravilloso y lo positivo [contraen] una asombrosa alianza, y estos dos viejos enemigos se conjuran para comprometer nuestras existencias en una carrera indefinida de transformaciones y sorpresas […]. Lo real ya no está claramente acabado. El lugar, el tiempo y la materia admiten libertades de las que no se tenía hasta hace poco tiempo ningún presentimiento. El rigor engendra sueños. Los sueños toman cuerpo… Lo fabuloso yace en el comercio. La fabricación de máquinas de maravillas hace vivir a miles de individuos”, señalaba Valéry en 1929 con la desarmante ingenuidad de un tiempo en el que el sentido de la vida aún no se había vuelto un bien de consumo corriente en el cesto de las compras ni el más gastado de los argumentos de venta. Incluso cuando la realización de la abstracción —en el comportamiento mimético del hipster, la imagen televisada o la nueva ciudad— ofrece a la vista de todos el carácter evidentemente físico de lo metafísico, el Biopoder, momento diferenciado del Espectáculo, confiesa avergonzado el carácter político —y existe un “núcleo metafísico presente en toda política” (Carl Schmitt, Teología política)— de lo físico más bruto, de la “nuda vida”. Con respecto a esto se trata ciertamente de un proceso de reunificación de lo sensible y lo suprasensible, del sentido y la vida, del modo de develamiento y el objeto develado, es decir, de la negativa acabada de aquello sobre lo cual se funda la sociedad mercantil, pero al mismo tiempo dicha reunificación se opera sobre el terreno mismo de su separación. Por consiguiente, esa pseudorreconciliación no es el paso de cada uno de los términos hacia el otro en un nivel superior, sino más bien su pura y simple supresión, que los reúne, no como unidos, sino como separados. Tanto es así que, por otra parte más, el Espectáculo se presenta como la realización de la metafísica mercantil, como la realización de la nada. La mercancía se vuelve aquí efectivamente la forma de aparición de todas las manifestaciones de la vida, la forma de objetividad tanto de los objetos como de los sujetos (el amor, por ejemplo, aparece en adelante como intercambio regulado de orgasmos, favores, símbolos y sentimientos, de los cuales cada contratante debe idealmente retirar un beneficio igual). Ya no se contenta con vincular exteriormente, con la mediación monetaria, procesos independientes de ella. La mercancía, esa “cosa suprasensible aunque sensible” (Marx), se convierte en una cosa sensible aunque suprasensible. Se impone realmente como “categoría universal del ser social total” (Lukács, Historia y consciencia de clase). Y poco a poco, su “objetividad fantasmática” llega a cubrir todo lo que es. En este punto, la interpretación mercantil del mundo, que no tiene otro contenido que la afirmación de la sustituibilidad cuantitativa de todas las cosas —es decir, la negación de toda diferencia cualitativa y de toda determinación real—, se revela como la negación del mundo. El principio según el cual “todo vale” había sido ciertamente desde el principio la mórbida antífona del nihilismo, antes de volverse el himno mundial de la economía. Por eso —y esto es una experiencia cotidiana de la cual nadie puede ya sustraerse— hacer entrar a esa interpretación del mundo en los hechos habrá consistido de manera exclusiva en retirar toda cualidad de cada cosa, en purgar cada ser de toda significación particular, en reducirlo todo a la identidad indiferenciada de la equivalencia general, es decir, ni más ni menos, a nada. Aquí ya no hay más esto o aquello; y de la singularidad sólo permanece la ilusión. Lo que a partir de ahora aparece no se ordena ya a partir de ninguna organicidad superior, sino que se libra en un abandono infinito al simple hecho de ser sin ser nada. Bajo el efecto de este desastre prometedor, el mundo ha acabado por revestir el aspecto de un caos de formas vacías. Todos los enunciados que se han podido leer más arriba, y que se consideraban al margen de toda efectividad, toman cuerpo en conjuntos de una realidad tangible, abrumadora y, a decir verdad, diabólica. En el Espectáculo, el carácter metafísico de lo existente se aprehende como una evidencia central: el mundo se ha vuelto en él visiblemente una metafísica. Y hasta a los espíritus más limitados, que acostumbraban refugiarse en la confortable objetividad de la lluvia y el buen tiempo, se les hace imposible hablar de todo eso sin tener que evocar inmediatamente el declive de la sociedad industrial. Aquí, la luz se ha solidificado, el inaprehensible modo de develamiento que produce todo lo ente se ha encarnado en cuanto tal, es decir, independientemente de todo contenido, en un sector propio y tentacular de la actividad social. Lo que en él vuelve visible se ha vuelto también visible. Los fenómenos, autonomizándose de lo que manifiestan, es decir, manifestando ya únicamente la nada, aparecen en él inmediatamente en cuanto fenómenos. El medio de existencia del hombre, la metrópoli, se muestra por sí misma como “una formación lingüística, un marco constituido ante todo por discursos objetivados, códigos prestablecidos, gramáticas materializadas” (Virno, Los laberintos de la lengua). Finalmente, dado que el “actuar comunicacional” se ha vuelto la propia materia del acto de producir, la realidad del lenguaje se ha situado aquí entre la mayoría de las cosas que se pueden experimentar en el ocio. En este sentido, el Espectáculo es la última figura de la metafísica, donde ésta se objetiva en cuanto tal, se vuelve visible y se muestra al hombre como la evidencia material de la alienación fundamental de lo Común. Es, en dichas condiciones, su dimensión metafísica lo que se le escapa al hombre, alzándose ante él y oprimiéndole. Pero también ocurre que, antes de conseguir alienarse por completo, no podía aprehenderla concretamente, ni por consiguiente proyectar su reapropiación. Los días más sombríos nos otorgan la más basta esperanza, precisamente porque son vísperas de victorias.
Desde el momento en que se ha encarnado, la economía ha de perecer. Ella cae bajo la dura ley del reino mortal, y lo sabe. En el estremecimiento de todas las cosas, en las grietas que vemos abrirse por doquier, imaginamos de ahora en adelante los rastros de su próximo naufragio. En lo sucesivo, la dominación mercantil se encuentra comprometida en una guerra sin fin ni esperanza para obstaculizar la necesidad de este proceso. La cuestión ya no consiste en saber si ella va a morir, sino únicamente en cuándo lo hará. La vida en el seno de semejante orden, que ha renunciado a cualquier otra ambición que no sea la de durar un poco más, se distingue por la extrema tristeza que se une a todas sus manifestaciones. Aquí, la supervivencia de la dominación mercantil, que no es más que la prorrogación de su agonía, se encuentra completamente suspendida con la pobre ocurrencia de que lo que es visible no sea visto; por ello debe ejercer sobre la totalidad de lo que es un apresamiento cada vez más brutal. Su soberanía ya sólo se despliega bajo la amenaza constante de que uno explicite su carácter metafísico, de que sea reconocida por lo que es: una tiranía, y la más mediocre que hubo nunca, la tiranía de la servidumbre. Por todas partes, los esfuerzos de la dominación para mantener una interpretación del mundo que, habiéndose realizado, se encuentra a su vez sometida a la interpretación que se orienta hacia la fuerza bruta. La naturalización del modo de develamiento mercantil hubiera exigido seguramente, en el pasado, una dosis constante de violencia hacia los hombres y las cosas. Hubiera sido preciso arrasar, internar, someter, encerrar, embrutecer o deportar a toda la masa de los fenómenos que contrarían al nihilismo mercantil. En lo que toca al resto, el aprendizaje del punto de vista de la reificación, de la utilidad, de la separación y de la puesta en equivalencia general, se llevaba a cabo simplemente en el sufrimiento, a lo largo de la vida y de manera ininterrumpida. Pero ahora lo que ve la luz es una nueva configuración de las hostilidades. La dominación mercantil ya no puede limitarse a mantener congeladas todas sus contradicciones, a procurar que la alienación, la corrupción y el exilio de todas las cosas se den por sentados, y a reprimir en el hombre toda aspiración hacia el ser. Le hace falta progresar a marchas forzadas, aunque cada paso dado en el sentido de su perfeccionamiento no haga más que aproximar el momento de su ruina. Cabe considerar que con el Biopoder (que, bajo el pretexto de mejorar, simplificar y alargar la “vida”, la “forma” o la “salud”, apunta hacia un control social total de los comportamientos) ella ha jugado su última carta: apoyándose en la ilusión cardinal del sentido común, la inmediatez del cuerpo, ella ha acabado por destruirlo. Todo, desde entonces, se ha vuelto sospechoso. Su cuerpo mismo aparece al Bloom como una instancia extraña y ajena, que él habita contra su voluntad. Poniendo su supervivencia a costa de la puesta en trabajo de la metafísica, la dominación mercantil ha desprovisto ese terreno de su neutralidad, que por sí sola le garantizaba poder avanzar en él victoriosamente: ha hecho de la metafísica una fuerza material. A cada uno de sus progresos tendrá que responder ahora una rebelión sustancial que le opondrá término a término su fe, y que proclamará en un tono o en otro que la humanidad “sólo puede revivir a través de un acto metafísico que consista en reanimar el elemento espiritual que la creó en su existencia primitiva o que la preserve en su forma ideal” (Lukács). Por esto el orden mercantil, que toma agua de todos lados, tendrá que exterminar, hasta la unificación y la victoria del Partido Imaginario, uno por uno, físicamente, en nombre de la lucha contra el terrorismo, el extremismo o las sectas, cada universo metafísico independiente que llegue a manifestarse. Todos los individuos que rechazarán revolcarse en su inmanencia famélica, en la nada del entretenimiento, todos aquellos que tardarán en renunciar a sus atributos más propiamente humanos, en particular a toda inquietud que vaya más allá de lo ente, serán excluidos, desterrados, muertos de hambre. Para los demás, bastará con mantenerlos en un miedo cada vez más feroz. Y más que nunca, “los detentadores del poder viven siempre con la terrorífica idea de que pudieran escaparse del miedo no sólo personas aisladas, sino masas completas: esto significaría su caída definitiva. Aquí reside también la verdadera razón para su irritación contra toda doctrina de trascendencia. Aquí dormita el máximo peligro: que el hombre pierda el miedo. Hay regiones en la tierra en las que se persigue la palabra ‘metafísica’ como a una herejía” (Jünger, Sobre la línea). En esta última metamorfosis de la guerra social, donde ya no son únicamente clases, sino “castas metafísicas” (Lukács, Acerca de la pobreza de espíritu) las que se enfrentan, es inevitable que haya hombres que, primero unos cuantos y luego en mayor número, se reúnan en torno al proyecto explícito de politizar la metafísica. Ellos son, de hoy en adelante, la señal de la próxima insurrección del Espíritu.


ACTO TERCERO: “Es preciso hallarse en los sitios donde quepa concebir la destrucción no como punto final, sino como preliminar” (Jünger, El trabajador).

En el momento en que, en el Espectáculo, la dominación mercantil revela su metafísica y se revela como metafísica, su contestación verdadera, pasada y presente, es traída a plena luz y se devela a su vez como tal. Y es entonces también que aparece su parentesco con los movimientos mesiánicos, los milenarismos, los místicos, los herejes del pasado o incluso con los cristianos anteriores al cristianismo. Todo el pensamiento revolucionario “moderno” se resuelve ante nuestros ojos en el encuentro del idealismo alemán y el concepto de Tiqqun, el cual designa, en la Cábala luriánica, el proceso de la redención, de la restauración de la unidad del sentido y la vida, de la reparación de todas las cosas por la acción de los hombres mismos. En cuanto a su pretendida “modernidad”, ésta no fue a final de cuentas sino el refrenamiento de su carácter fundamentalmente metafísico. De ahí la ambigüedad de la obra de un Marx o un Lukács, por ejemplo. Como regla general, el Espectáculo —en el cual hemos visto a la violencia conceptual del idealismo transformarse en violencia real, e incluso física— considera “idealista” a este aspecto preciso del pensamiento de aquellos que él no ha conseguido suprimir a tiempo. Y éste es un criterio seguro para distinguir la crítica consecuente de la pseudocontestación, que se une siempre a esta sociedad en el ensañamiento para evacuar lo Indecible de lo políticamente decible. Los cabrones se reconocen infaliblemente en la rabia que emplean para no comprender nada, para no ver nada, para no escuchar nada. Mientras vivan, la angustia, el sufrimiento, la experiencia de la nada, el sentimiento de extranjería y extrañamiento con respecto a todo, a lo largo de las innumerables manifestaciones de la negatividad humana, son devueltos a las puertas de la Publicidad, con una sonrisa o un equipo de policías antidisturbios. Mientras vivan, uno los considerará nulos y sin valor. El tragaluz histórico que se abre en la actualidad es el momento psicológico que sacará a la luz el contenido de verdad, es decir, la potencia de asolamiento, de toda la crítica pasada y presente. Viniendo la dominación mercantil a librar abiertamente la batalla sobre el terreno metafísico, su contestación tendrá que postrarse sobre dicho terreno. Ésta es una necesidad que tiene tan poco que ver con la buena voluntad de los militantes como con la resolución de sus teóricos de cartón: atañe a que esta sociedad tiene en sí misma la necesidad de dicho enfrentamiento para encontrar un empleo a todo su poder técnico acumulado. Una vez más se libra una carrera en la que ya no podemos contentarnos con aplicar la crítica, sino en la que antes bien tenemos que comenzar por crearla. De lo que se trata es de hacer la crítica posible y nada más. La Metafísica Crítica no es por tanto un objeto que salga sobre el escenario del mundo en su esplendor definitivo. Es lo que se elabora y se elaborará en la lucha contra el orden presente. La Metafísica Crítica es la negación determinada de la dominación mercantil.
Que esta negación se manifieste sin traicionarse, o que sus fuerzas sean una vez más desviadas para servir a la extensión regulada del desastre, no depende en cambio de ninguna necesidad, sino solamente de la determinación melancólica de algunos elementos libres vinculados por la determinación de hacer de su consciencia un uso práctico, es decir, en el fondo, de sembrar en el mundo del Espectáculo un Terror inverso a aquel que actualmente reina en él. Sin embargo, el mero hecho de que ya no pueda haber en este mundo —ante un real que ha tomado un giro tan perfectamente sistemático— contestación en todos sus detalles, no deja lugar a ninguna ambigüedad acerca de la terrible radicalidad de la época. La crítica ya no tiene otra elección que la de captar las cosas desde la raíz; ahora bien, la raíz, para el hombre, es su esencia metafísica. Por eso, cuando la dominación consiste en ocupar la Publicidad, en construir pieza por pieza un mundo de hechos, un sistema de convenciones y un modo de percepción independientes de toda otra relación que no sea la suya, sus enemigos se reconocen a sí mismos en la doble ambición de hacer resplandecer por todas partes el aura de familiaridad de aquello que aún pasa como la “realidad”, develándola como construcción, y de agenciar, en los repliegues de la presente tiranía semiocrática, espacios simbólicos autónomos al estado de explicitación público, ajenos a él, pero pretendiendo como él una validez universal. El Nosotros tiene que hacer frente en todo lugar al Se. Es sin duda en esto que nosotros trabajamos según nuestras propias inclinaciones, revelando a la Jovencita como dispositivo político de coerción, a la economía como ritual de magia negra, al Bloom como santidad criminal, al Partido Imaginario como portador de una hostilidad tanto invisible como abstracta, o a la panadería de la esquina como aparición sobrenatural. La tarea consiste centralmente en arrastrar todo lo que se dice, todo lo que se hace y todo lo que se ve a su factor natural de irrealidad. Este mundo dejará de ser monstruoso cuando deje de darse por sentado. Por eso toda nuestra teoría se inscribe en la vida cotidiana, de donde debe una y otra vez extraer todo lo familiar que corresponde a nosotros volver inquietante. Nuestro interés maníaco por los “hechos diversos” puede estar relacionado con esto, ya que es en él que lo habitual mismo se arranca del hábito, cuyo barniz salta de un solo golpe. La violencia ciega y clara de un Kipland Kinkel o un Alain Oreiller testimonia con dosis mortales esta verdad negativa del hombre, que la cotidianidad planificada se aplica invariablemente a sofocar. En esta ofensiva, el lenguaje constituye, hasta cierto punto, el campo de batalla que tratamos de minar. Esta elección no tiene nada de arbitraria, descansa en la constatación de que la dominación, que ha sido obligada a invadirlo, nunca se ha encontrado a gusto en él. Si por determinados aspectos, la presente eficacia de la economía, al igual que su aparente perennidad, descansan en la manipulación libre de los signos, y su reducción operante a señales, aparece asimismo claramente que el éxito definitivo de esta reducción sería su muerte. Para que la dominación pueda aún manejarlos como sus vehículos, los signos deben ocultar con recelo cualquier sentido, es decir, una trascendencia que lleva de una u otra manera más allá del estado de cosas actual, y lo amenaza de nulidad. Aquí se da una contradicción, una llaga abierta que, aprovechada con bastante hostilidad, es probable que provoque su pérdida. Nosotros la proveeremos.
Por muchos aspectos, la Metafísica Crítica prosigue y consuma el socavamiento emprendido con éxito, desde hace cinco siglos, por el nihilismo. No le es extraña la constancia con la cual toda simple fe se ha encontrado en la realidad, barrio tras barrio, primero sacudida, luego herida y finalmente arruinada; no experimenta ningún remordimiento por esto. La Metafísica Crítica no tiene vocación de procurar a los hombres una nueva y refinada especie de consolación. Mejor dicho, su consigna es generalizar la inquietud. La Metafísica Crítica es ella misma esa inquietud que ya no se deja concebir como debilidad, o como vulnerabilidad, sino como aquello de lo cual emana toda fuerza. No está hecha para brindar seguridad a los débiles que necesitan un apoyo, sino para llevarlos al combate. Es como el arma de la que nadie puede decir a quién servirá, salvo aquel que se apodere de ella. Hay en cada vida que se mantiene en semejante contacto con el Ser una potencia de devastación de la cual no se mide su intensidad. El proceso que muchos otros antes de nosotros han emprendido contra lo real está a punto de ser ganado, pero por el enemigo. Es por esto que, en este mal camino, tenemos como algo preliminar, por encima de todo, la pulverización de la última estructura palpable de aprehensión de lo existente: la forma cuantitativa abstracta de la mercancía, que se ha vuelto “para la consciencia reificada la forma de aparición de su propia inmediatez, que ella no intenta —en cuanto consciencia reificada— superar, sino que por el contrario, se esfuerza por fijarla y hacerla eterna mediante una ‘profundización científica’ de los sistemas de leyes captables” (Lukács, Historia y consciencia de clase). Hacer que la sabiduría del mundo enloquezca forma parte indiscutiblemente de nuestro programa; pero esto es sólo la primera línea. La Metafísica Crítica es más bien “ese movimiento espiritual que toma como campo de batalla el nihilismo y saca de él su configuración, como imagen reflejada en el espejo del Ser” (Jünger, La emboscadura), esa fuerza necesaria que prefiere trastornar la hegemonía mercantil al manifestarla como metafísica. Solamente este acto de reflejar, de manifestar la realidad como interpretación, como construcción, esta forma de mostrar que la esencia del nihilismo no tiene nada de nihilista, avanza ya más allá del nihilismo. En todas partes donde tiene puesta la mirada, la Metafísica Crítica afecta a lo ente con un signo contrario a la convención dominante. Toda realidad que se le relaciona a ella cambia bruscamente de sentido; las proporciones se invierten: lo que aparecía como una resto al margen del Espectáculo se descubre como la cosa más real, lo que se consideraba todavía ayer como el mundo mismo es devuelto a su miseria minúscula, lo que parecía firmemente establecido comienza a vacilar, lo que parecía tener apenas más consistencia que el aire adquiere una presencia basáltica. Así, la Metafísica Crítica delata la insignificancia en la que el Espectáculo, esa unidad falsa por estar abstraída del sentido y de la vida, ha renegado todo lo ente, no como un hecho en sí mismo insignificante, sino como una situación política de servidumbre, una forma concreta de la opresión social. De este modo, hace que esta insignificancia entre en posesión de un coeficiente de realidad del que nada, en este mundo, pueda valerse. Pero es en verdad toda la no-identidad que había sido refrenada en la penumbra del mundo infraespectacular, todo lo que no era ni decible ni admisible en el modo de develamiento dominante, lo que ella hace entrar en la presencia, lo que ella vuelve audible, y de este modo real. La Metafísica Crítica crea, partiendo de la nada, una plenitud más verdadera, compacta y desatada que la aparente plenitud del Espectáculo: la plenitud del desamparo, el absoluto del desastre. Develando al sufrimiento humano su significación política, ella lo abole como tal y hace de él el presagio de un estado superior. Esto se aplica también a la angustia, en la que lo existente mismo apunta más allá de lo existente: una vez que esta experiencia es propulsada en el corazón de la Publicidad, lo finito en cuanto tal se borra y se recobra como signo de lo infinito.
Pero la transfiguración de la cual la Metafísica Crítica es sinónimo, se opera primeramente en el hombre que se encontraba desposeído de todo lo que él creía suyo, en el Bloom, que reconocía también la nada que le queda para compartir como la única cosa que a final de cuentas le ha pertenecido siempre: su indestructible facultad metafísica. La noción de Partido Imaginario, por último, da cuerpo al residuo, al resto, a la no-coincidencia, a todo lo que cae fuera del plan universal de la economía, del apresamiento y de la Movilización Total. Así, al mismo tiempo que es la doctrina de trascendencia que por sí sola permite liberarse de este mundo y aniquilarlo, al mismo tiempo que redacta los prolegómenos para toda insurrección futura, al mismo tiempo, por tanto, que se afirma como la negación determinada de la dominación mercantil, la Metafísica Crítica contiene ya en sus manifestaciones presentes la superación positiva que conduce más allá de las zonas de destrucción. “Cada hombre —dice ella— ejerce una determinada actividad intelectual, adopta una visión del mundo, una línea de conducta moral deliberada y por tanto contribuye a defender y a hacer prevalecer una determinada visión del mundo” (Gramsci, Los intelectuales y la organización de la cultura). En consecuencia, la Metafísica Crítica se impondrá como una conminación cada vez más intratable y virulenta a cada Bloom para que traiga a su consciencia la visión del mundo subyacente a su modo de vida y después, renegándola o apropiándosela, para que reconozca a sus semejantes y a sus adversarios, es decir, básicamente, para que nazca en el mundo. Nosotros no permitiremos a nadie el ocio de ignorar la significación de su existencia. Todo comprometido con todo. Haremos que los hombres pierdan incluso el gusto de consumir. Por tanto, la Metafísica Crítica no se contenta con considerar todas las cosas a partir del punto de vista del Tiqqun, es decir, de la unidad del mundo, de la realización final de todas las cosas, de la inmanencia del sentido a la vida; más bien produce, con su carácter práctico y ejemplar, esa unidad, esa realización y esa inmanencia. Ella misma forma parte del mundo del Tiqqun. La Metafísica Crítica es en su existencia cotidiana el punto de vista desde el cual lo Bello, lo Bueno y lo Verdadero ya han dejado de ser percibidos contradictoriamente. Considerando que el nihilismo no es nada más que “la pérdida provisional de la apertura en la que una cierta interpretación de lo ente se constituye como interpretación” (Jünger) y que la Metafísica Crítica se presenta como un orden general a determinarse a partir del carácter metafísico del mundo, constituye de acuerdo con su propio curso la consumación y la superación del nihilismo, o en términos de ese viejo canalla de Heidegger, “la Apropiación de la metafísica”, “la Apropiación del olvido del Ser”. La Metafísica Crítica determina inicialmente una puesta a distancia del mundo como representación y “toma en un principio la apariencia de una superación de la metafísica […]. Pero lo que se produce en la Apropiación de la metafísica, y en ella sola, es más bien la verdad de la metafísica que retorna expresamente, verdad duradera de una metafísica aparentemente repudiada, que no es otra que su esencia ahora reapropiada: su Morada. Aquí acontece algo distinto a una mera restauración de la metafísica” (Heidegger, Contribución a la cuestión del Ser).
Para la comunidad de los metafísicos-críticos, de ahora en adelante ya no hay nada más concreto que esa Apropiación y esa Morada, incluso si se siguen presentando provisionalmente bajo la forma de problemas a resolver, más que de soluciones inmediatamente dadas. A la medida de las constricciones que continúa imponiéndoles esta sociedad, no hay duda de que están construyendo realmente, es decir, colectivamente, en algún punto de los rincones de las metrópolis, un ethos practicado donde “la Metafísica [forma] parte del ejercicio diario de la vida” (Artaud). Sería un error denunciar en ello una confortable alternativa a la ofensiva armada. Contrariamente a lo que quisieran hacernos creer algunos izquierdistas apresurados, en las condiciones actuales el punto central inmediato de la práctica revolucionaria no consiste en la lucha frontal contra la dominación mercantil, pues ésta se desmorona inexorablemente, y “lo que se desmorona, se desmorona, pero no puede ser destruido” (Kafka). Por eso es más bien preciso dejar a esa puta en su insípida descomposición y prepararse para proporcionarle, cuando llegue el momento, el golpe fatal del que no podrá recuperarse; lo cual no supone otra cosa que realizar por todos los medios posibles la unidad de las fuerzas particulares que se enfrentan actualmente a la hegemonía mercantil, o en otros términos, realizar el Partido Imaginario. Por la única razón de que “en un mundo de mentira, la mentira no puede ser vencida por su contrario, sino únicamente por un mundo de verdad” (Kafka), esos mismos cuya vocación sería únicamente destruir, no tienen otra opción que trabajar en la formación, dentro del espacio infraespectacular, de semejantes “mundos de verdad”, si acaso es que pretenden volverse algo más que profesionales del jurado de la contestación social. La elaboración positiva —en medio de las ruinas— de formas de vida, comunidad y afectividad independientes y superiores a las aguas heladas de las costumbres espectaculares, resulta ser un acto de sabotaje cuya facultad de derrotar al imperium de la abstracción procede sin aparecer. Constituye también, en la situación actual, la condición sine qua non de toda contestación eficaz, ya que, a menos de que se reagrupen en familias mentales, los opositores de esta sociedad no tienen ninguna posibilidad de sobrevivir. Sin embargo, nada podría impedir a los metafísicos-críticos concentrarse en toda agitación que ataque explícitamente a la dominación mercantil, y fomentar ellos mismos algunas más. A ninguna costa renunciaremos a perturbar la lúgubre ceremonia del mundo. Pero tales hechos de nuestra parte serían falsamente comprendidos si se ignorara que sólo cobran sentido en la construcción más vasta de un modo de vida donde la guerra tiene su lugar. La coexistencia pacífica de todas las irrisiones, que hace de esta época un poderoso emético, es una de las cosas a las cuales tenemos la intención de poner un término sangriento. Es intolerable que la verdad y el error continúen viviendo así en paz, una con otro. El compromiso mutuo de tantos metafísicos tan visceralmente irreconciliables en la capilla barroca del Espectáculo forma parte de los medios que dirige el enemigo para vencer a los más vivos. Los hombres tienen que ponerse de acuerdo en la enunciación de sus desacuerdos, trazar fronteras claras entre las diferentes patrias metafísicas, y poner de este modo fin al mundo de la confusión, donde nadie es capaz de reconocer ni a sus hermanos ni a sus enemigos. Las interminables disputas entre teólogos constituyen con toda evidencia un modelo de vida social. La utopía de Tlön no es para nosotros desagradable. No concederemos ningún premio al amor de aquellos que no supieron odiar, ni a la paz de aquellos que nunca combatieron. Por eso, en nuestro desafío de procurar que “el rechazo utópico del mundo de la convención se objetive en una realidad igualmente existente y que el rechazo polémico obtenga así la forma de una estructuración” (Lukács, Teoría de la novela), la búsqueda de oportunidades para discutir con aquellos cuya metafísica nos es objetivamente adversa, no tiene menos importancia que la búsqueda de nuestros hermanos dispersos en el Exilio. El objeto de la comunidad auténtica no puede ser otra cosa que la construcción consciente de lo común mismo, es decir, la creación del mundo, o para ser más exacto, la creación de un mundo. Es por esto que los metafísicos-críticos ponen un cuidado tan particular para componer juntos el alfabeto verdadero cuya aplicación otorgará a las cosas, a los seres y los discursos una significación, es decir, para reconstituir en la realidad un orden escondido, tal que lo existente deje de sumergirlos y se presente finalmente bajo la forma familiar de figuras, en lugar de fachas, en el sentido de Gombrowicz. En definitiva, se trata de elevar la afinidad electiva hasta la construcción libre de un modo de develamiento común de la realidad. Es preciso hacer de nuestras percepciones individuales y de nuestros sentimientos morales una obra colectiva. Tal es la tarea. Pero ya nosotros hemos encontrado que, junto a la sensación objetiva del mal, está el inexorable escalofrío del vicio, el mismo de tener sexo con una Jovencita, o de hacer las compras en un supermercado. En cada uno de nuestros enemigos —el posmoderno, la Jovencita, el sociólogo, el mánager, el burócrata, el artista o el intelectual, todos ellos taras que pueden muy bien entrar en la composición de un solo y mismo cabrón— nosotros ya sólo vemos su metafísica. Nuestro “poder de alucinación voluntaria” ha llegado a ese grado de coherencia en el que a partir de ahora todo nos habla de lo que hacemos — y los tiempos mesiánicos no son otra cosa que esto: la reabsorción del elemento del tiempo en el elemento del sentido. Los que creen que son capaces de edificar un mundo nuevo sin construir un lenguaje nuevo se engañan: todo este mundo está contenido en su lenguaje. El nuestro no esconde más que los otros su vocación imperialista: toda poesía, todo pensamiento, todo imaginario que no consigue entrar en la efectividad, cuando esto se ha vuelto posible, se sitúa incluso por debajo del rango irrisorio de la cursilería. Roger Gilbert-Lecomte daba a esta constatación una expresión a la cual no tenemos nada que quitarle: “El nacimiento del pensamiento concreto (metafísico experimental), sacando la visión de su expresión artística, transformará su saber en poder”. Señalaba también que “el metafísico experimental apuesta sobre su desequilibrio, el cual le otorga muchos puntos de vista diferentes sobre la realidad”. Muy cierto. Un mundo hecho de ideas es también un mundo a la merced de las ideas, siempre que éstas sean imperiosas. El asunto que nos absorbe, en definitiva, es la realización de la utopía concreta de un mundo donde cada uno de los grandes metafísicos, cada uno de los grandes “lenguajes de la creación”, entre los cuales no hay “superación ni doblamiento” (Péguy), podría, finalmente y en el pleno sentido del término, habitar el mundo, disponer de un reino y perderse sin contención en las inagotables guerras santas, cismas, sectas y herejías, donde la inmanencia del sentido a la vida sería recobrada, donde el lenguaje entraría en contacto con el Ser y el Ser con el lenguaje, donde la metafísica ya no sería un discurso, sino el fecundo tejido de la existencia, donde cada comunidad sería un repliegue dentro de lo Común reapropiado, donde el hombre, renunciando a recubrir su insoluble relación con el mundo mediante la mentira débil y grosera de la propiedad privada, se abriría verdaderamente a la experiencia de la angustia, del éxtasis y el abandono. Que la vida no ame la consciencia que se tiene de ella y que la forma se experimente aún en el sufrimiento, denuncia un tiempo en el que la duración se rechaza. En cuanto a nosotros, nosotros anunciamos un mundo donde el hombre abrazará su destino como el juego trágico de su libertad. No hay otra vida más propiamente humana que ésa. Sin ninguna duda, los metafísicos-críticos llevan en su sinrazón ese mañana al desastre. E incluso aunque tengamos que sucumbir ante los poderes que este mundo habrá desencadenado contra nosotros, al menos habremos presagiado esos tiempos felices en los que ya no habrá metafísica, ya que todos los hombres serán metafísicos, detentores vivos de lo Absoluto. Se comprenderá entonces que hasta ahora, nada ha sucedido.


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