¿Qué es la Metafísica Crítica?



Ya no quedaba realidad, apenas su caricatura.
Gottfried Benn

También hablábamos del universo, de su creación y de su futura destrucción.
Charles Baudelaire


No ignoramos en absoluto que «“metafísica” —al igual que “abstracto”, e incluso “pensar”— se ha convertido en una palabra ante la cual todos huyen más o menos como si se tratara de un apestado» (Hegel). Y es, sin duda, con un escalofrío de goce malsano y la inquietante certeza de meter el dedo en la llaga que devolvemos al centro mismo aquello que la frivolidad triunfante de la época creyó haber desterrado para siempre a su periferia. Con este gesto, además, tenemos el descaro de sostener que no cedemos a un capricho sofisticado, sino a una necesidad imperiosa, inscrita en la historia. La Metafísica Crítica no es una habladuría más sobre el curso del mundo ni la última especulación surgida del cráneo de alguna inteligencia particular. Es todo lo más real que contiene nuestro tiempo. La Metafísica Crítica está en todas las entrañas. Por más que se proteste al respecto, no cabe duda de que se intentará atribuirnos de una u otra forma su invención, con el fin de ocultar este hecho especialmente venenoso: que ya existía mucho antes de ser formulada, que incluso estaba en todas partes, en estado de carencia en el sufrimiento, de denegación en el entretenimiento, de impulso en el consumo o de evidencia en la angustia. Es propio de la sórdida cobardía, de la incurable trivialidad, de la repugnante insignificancia de estos tiempos llamados «modernos» haber convertido la metafísica en el pasatiempo, en apariencia inocente, de unos cuantos eruditos de cuello almidonado, y haberla emasculado hasta reducirla al único ejercicio adecuado que conviene a este tipo de insectos: la masticación platónica. Sólo por este hecho, el de no reducirse a su expresión conceptual, la Metafísica Crítica es la experiencia que desmiente de raíz la inepta «modernidad» y se regocija cada día un poco más, con los ojos bien abiertos al exceso del desastre.


ACTO PRIMERO: «Cuando lo falso se vuelve verdadero, lo verdadero no es más que un espejismo. Cuando la nada se hace realidad, la realidad a su vez se hunde en la nada».
(Inscripciones a ambos lados de la entrada al «Reino del sueño y la ilusión inmensa», según Sueño en el pabellón rojo).

La civilización occidental vive a crédito. Creyó que podría durar para siempre sin pagar nunca la deuda acumulada por sus mentiras. Pero ahora se asfixia bajo su aplastante peso muerto. Así que, antes de abordar consideraciones más sustanciales, es necesario hacer espacio y descargar a este mundo de algunas de sus ilusiones, como, por ejemplo, la ilusión de que la modernidad, como tal, haya existido. No está en nuestros planes detenernos en hechos indiscutibles. Que el término mismo «modernidad» no despierte hoy, como regla general, más que una ironía aburrida —sin importar lo que opine la senilidad progresista—, que al fin aparezca como lo que nunca ha dejado de ser: el fetiche verbal con el que la superstición de algunos cabrones y simples de espíritu ha envuelto el ascenso de las relaciones mercantiles en la hegemonía social desde el llamado «Renacimiento», conforme a intereses que entendemos demasiado bien, es algo que difícilmente amerita exégesis. Esto es un caso vulgar de estafa en el etiquetado, cuya aclaración dejamos a los sacristanes del historicismo futuro. Nuestro asunto es mucho más serio. Así como las relaciones mercantiles nunca han existido como relaciones mercantiles, sino sólo como relaciones entre hombres disfrazadas de relaciones entre cosas, del mismo modo, aquello que se dice, se cree o se tiene por «moderno» nunca ha existido realmente como moderno. La esencia de la economía, ese pseudónimo transparente con el que la modernidad mercantil intenta, una y otra vez, hacerse pasar por una eternidad evidente, no tiene nada de económica; de hecho, su fundamento, que le sirve también de programa, puede formularse en estos términos abruptos: negación de la metafísica, es decir, negación de que, para el hombre, la trascendencia sea la causa eficiente de la inmanencia; en otras palabras, negación de que el mundo, para él, tenga sentido, de que lo suprasensible aparezca en lo sensible. Este hermoso proyecto se sustenta enteramente en la ilusión aberrante, pero eficaz, de que sería posible una completa separación entre lo físico y lo metafísico sería posible (una disyunción que, por lo general, adopta la forma de una hipóstasis de lo físico, elevado a modelo de toda objetividad, lo que lógicamente exige una miríada de otras escisiones locales: entre vida y sentido, sueño y razón, individuo y sociedad, medios y fines, artistas y burgueses, trabajo intelectual y trabajo material, dirigentes y ejecutantes, etc., que son, en su multitud, no menos absurdas, volviéndose cada uno de estos conceptos abstracto y perdiendo todo contenido cuando se arranca de su interacción viva con su contrario). Sin embargo, como semejante separación es realmente, es decir, humanamente, imposible, y dado que la liquidación de la humanidad ha fracasado hasta ahora, nada moderno ha podido existir jamás como tal. Lo que es moderno no es real, lo que es real no es moderno. Con todo, existe una realización de este programa, pero ahora que se acerca a su consumación, vemos que es todo lo contrario de lo que creía ser: en pocas palabras. la completa desrealización del mundo. Y toda la extensión de lo visible atestigua brutalmente, con su carácter vacilante, que la negación realizada de la metafísica no es, en última instancia, más que la realización de una metafísica de la negación. El funcionalismo y el materialismo, inherentes a la modernidad mercantil, han producido por todas partes un vacío, pero este vacío corresponde a la experiencia metafísica originaria: ahí donde las respuestas que van más allá de lo ente —y que permitirían orientarse en él— han desaparecido, brota la angustia y aflora ante todos el carácter metafísico del mundo. Nunca antes el sentimiento de extrañeza había sido tan intenso como ante las producciones abstractas de un mundo que pretendía sepultarlo bajo la inmensa opulencia incuestionable de sus mercancías acumuladas. Los lugares, las ropas, las palabras y las arquitecturas, los rostros, los gestos, las miradas y los amores no son más que las máscaras terribles que una única ausencia ha inventado para salir a nuestro encuentro. La nada ha tomado visiblemente sus cuarteles en la intimidad de las cosas y de los seres. La superficie lisa de la apariencia espectacular se resquebraja por todas partes bajo su presión. La sensación física de su proximidad ha dejado de ser la experiencia extrema reservada a unos pocos círculos de místicos; por el contrario, es la única experiencia que el mundo mercantil nos ha dejado intacta, y hasta multiplicada por la desaparición programada de todas las demás. Y, sin embargo, es también la única que se había propuesto explícitamente aniquilar. Todos los productos de esta sociedad —pensemos en la conceptualidad hueca de la Jovencita, en el urbanismo contemporáneo o en el tecno— son cosas de las que el espíritu ha huido, cosas que han sobrevivido a todo sentido y a toda razón de ser. Son signos que se intercambian en movimientos planos; no es que no signifiquen nada, como les gustaría creer a los simpáticos mocosos del posmodernismo, sino que significan la Nada. Todas las cosas de este mundo subsisten en un exilio perceptible. Son víctimas de una ligera y constante pérdida de ser. Así pues, esa modernidad que se pretendía sin misterio, que juraba liquidar la metafísica, en realidad la ha realizado. Ha producido un decorado de puros fenómenos, de puros entes que no son nada más allá del simple hecho de mantenerse ahí, en su vacía positividad, y que provocan sin cesar que el hombre experimente «la maravilla de las maravillas: que el ente es» (Heidegger, ¿Qué es la metafísica?). Nos basta, en este vestíbulo ultramoderno de vidrio, mármol y acero al que el azar nos ha llevado, un leve relajamiento de la constricción cerebral para ver, de golpe, cómo todo lo existente se desliza y se envagina en una presencia a la vez opresiva y flotante, donde nada permanece. La experiencia de lo Totalmente Otro puede sobrevenirnos en los escenarios más comunes, incluso en panaderías recién renovadas. Un mundo se despliega ante nosotros, incapaz ya de sostener nuestra mirada. En su encrucijadas, vale la angustia. Y esta experiencia desastrosa, en la que emergemos violentamente fuera de lo existente, no es otra que la de la trascendencia, junto con la de la irremediable negatividad que contenemos. Es en ella que toda la asfixiante «realidad», la misma que la gran maquinaria de la impostura social se esforzaba por establecer como evidencia, de repente, cobardemente, se desploma y deja paso a la hiancia de su nulidad. Esta experiencia no es otra cosa que el fundamento mismo de la metafísica, el punto en que ésta aparece precisamente como metafísica, en que el mundo aparece como mundo. Pero la metafísica que así regresa no es la metafísica que se expulsó, pues vuelve como verdad y negación de aquello que había vencido a la antigua; regresa como conquistadora, como metafísica crítica. Porque el proyecto de la modernidad mercantil no es nada, su realización no es más que la expansión del desierto sobre la totalidad de lo existente. Es este desierto lo que hemos venido a devastar.
Entronizada sin apoyo en medio de las catástrofes que se amontonan, la dominación mercantil y por «dominación» no entendemos otra cosa que la relación simbólicamente mediada de complicidad entre dominadores y dominados, pues para nosotros no hay duda de que «el atormentador y el atormentado son uno solo, ya que el primero se engaña al creer que no participa en el tormento, y el segundo al creer que no participa en la culpa»: ¡a tu perrera, Bourdieu! ya no se siente en casa dentro del singular estado de cosas que ella misma ha producido y del cual cada destalle la desmiente. Para convencerse de ello basta con prestar atención al paso de nuestros contemporáneos, que evocan a una banda de fugitivos corriendo tras de sí mismos, perseguidos por su propia inquietud metafísica. Para el Bloom ya es un trabajo de tiempo completo escapar de la experiencia fundamental de la nada, que arruina toda fe simple en este mundo. La irrisión de las cosas amenaza en cada instante con sumergir su consciencia. Ignorar el olvido del Ser, cuya retirada nos rodea en cada suburbio, en cada vagina, lo mismo que en cada gasolinera, requiere ahora la ingestión diaria de dosis casi letales de Prozac, de noticias y de Viagra. Pero todos estos remedios de corto alcance no eliminan la angustia; sólo la enmascaran y la arrojan a una sombra propicia para su crecimiento silencioso. Finalmente, hasta las revistas femeninas deben —para vender sus mentiras y sus enfermedades— convencer a sus lectoras de que «La verdad es buena para la salud»; las multinacionales de los cosméticos se toman la molestia de ofrecer en sus empaques «metafísica, ética y epistemología»; TF1 exige la «búsqueda de sentido» en el principio rentable de su futura programación; y Starck, ese falsificador ilustrado, le asegura a La Redoute varios años de ventaja sobre su competencia al componer para ella un «catálogo de no-productos para el uso de no-consumidores». Cuesta imaginar cuán desamparada debe estar la dominación por dentro para haber llegado a este punto. En estas condiciones, el pensamiento crítico debe dejar de esperar la constitución de un sujeto revolucionario de masas para que se revele el carácter inminente de un vuelco social. En su lugar, debe aprender a leerlo en la explosión formidable, en los últimos años, de la demanda social de entretenimiento. Este fenómeno es una señal de que la presión de las cuestiones esenciales, que durante tanto tiempo se mantuvieron en suspenso y con tanto beneficio, ha superado el umbral de lo intolerable. Pues, si uno se entretiene con tanta furia, es porque trata de escapar de algo, y porque ese algo se ha convertido en una presencia inquietante. «Si el hombre fuera feliz, lo sería tanto más cuanto menos se entretuviera» (Pascal).
Supongamos que el objeto que propaga por todas partes un error tan notable, y cuya acción efectiva aún se podría negar mientras no fuera nombrado, sea la Metafísica Crítica (y ésta es una definición que quizás no volvamos a dar de una manera tan clara y penetrante). Los inofensivos sociólogos, naturalmente, carecen de los órganos para comprender lo que está en juego aquí, lo mismo que la pequeña casta de pobres estetas en busca de indignación, que despotrican contra la miseria de la época desde lo alto de su oficio de escrito y que no ven en el consumo más que el consumo mismo. No se trata de poner en duda la extraordinaria magnitud del desastre, sino su significado. El terror general ante el envejecimiento, la encantadora anorexia femenina, el apresamiento de lo vivo, el apocalipsis sexual, la administración industrial del entretenimiento, el triunfo de la Jovencita, la aparición de patologías inéditas y monstruosas, el aislamiento paranoico de los egos, la explosión de actos de violencia gratuita, la afirmación fanática y universal de un hedonismo de supermercado conforman una elegante letanía para los paroxistas de toda índole. Un ojo entrenado, en cambio, no ve en todo esto nada que acredite la victoria definitiva de la mercancía y su imperio de confusión, sino más bien la intensidad de la espera general, de la espera mesiánica de la catástrofe, del momento de verdad que pondrá por fin término a la irrealidad de un mundo de mentiras. Sobre este punto, como sobre muchos otros, no está de más ser sabateo.
Desde el punto de vista en que nos situamos, la inmersión resuelta de las masas en la inmanencia y su huida ininterrumpida hacia la insignificancia —cosas que bien podrían hacernos perder la esperanza en el género humano— dejan de aparecer como fenómenos positivos portadores de una verdad propia, y se comprenden más bien como movimientos puramente negativos que acompañan el éxodo forzado fuera de una esfera de la significación que el Espectáculo ha colonizado por completo, fuera de todas las figuras y formas bajo las cuales está permitido actualmente aparecer, y que nos expropian tanto el sentido de nuestros actos como de los propios actos. Pero esta huida ya no es suficiente, y es necesario vender en sobres individuales el vacío dejado por la Metafísica Crítica. El New Age, por ejemplo, corresponde a su dilución infinitesimal, a su travestimiento burlesco mediante el cual la sociedad mercantil intenta inmunizarse contra ella. La constatación de la separación generalizada (tanto entre lo sensible y lo suprasensible como entre los propios hombres), el proyecto de restaurar la unidad del mundo, la insistencia en la categoría de totalidad, la primacía del espíritu o la intimidad con el dolor humano, se combinan aquí de manera calculada en una nueva mercancía, en nuevas técnicas. El budismo pertenece también al conjunto de las higienes espirituales que la dominación deberá poner en práctica para salvar, bajo cualquier forma, el positivismo y el individualismo, para permanecer todavía un poco más en el nihilismo. Por si acaso, se saca incluso la raída bandera de las religiones, de las que se sabe qué útil complemento pueden resultar al reino terrenal de todas las miserias (es evidente que cuando un semanario de beatos en calzado deportivo se pregunta ingenuamente en su portada: «¿Será el siglo xxi religioso?», en realidad debe leerse: «¿Logrará el siglo xxi reprimir la Metafísica Crítica?»). Todas las «nuevas necesidades» que el capitalismo tardío se enorgullece de satisfacer, toda la agitación histérica de sus empleados, e incluso la extensión de la relación de consumo a la totalidad de la vida humana, todas esas supuestas buenas noticias que cree ofrecer sobre la perennidad de su triunfo, no hacen sino medir la profundización de su fracaso, de su sufrimiento y de su angustia. Y es precisamente ese inmenso sufrimiento, que puebla las miradas y endurece tanto las cosas, lo que debe debe ser puesto a trabajar, incesantemente, en una carrera jadeante, degradando en necesidades la tensión fundamental de los hombres hacia la realización soberana de sus virtualidades, una tensión que no deja de acrecentarse con la distancia que los separa de ellas. Pero la evasión se está agotando y su eficacia tiende a decrecer rápidamente. El consumo ya no logra absorber el exceso de lágrimas contenidas. Así, es necesario instaurar dispositivos de selección cada vez más ruinosos y drásticos para excluir de los engranajes de la dominación a aquellos que no han logrado devastar en sí mismos toda propensión a la humanidad. Ninguno de los que efectivamente participan en esta sociedad puede ignorar el precio que podría pagar por dejar ver en público su dolor auténtico. Sin embargo, a pesar de estas maquinaciones, el sufrimiento no deja de acumularse en la noche prescrita de la intimidad, donde busca a tientas, con obstinación, una vía de escape. Y como el Espectáculo no puede prohibirle eternamente manifestarse, debe concedérselo cada vez con mayor frecuencia, pero sólo a condición de disfrazar su expresión, designando para el duelo planetario uno de esos objetos vacíos, una de esas momias reales cuya confección es su secreto. Pero el sufrimiento no puede contentarse con semejantes falsificaciones. Así que espera, paciente, al acecho, la brusca suspensión del curso regular del horror, en la que los hombres se confesarían en un alivio sin límites: «Todo nos falta indeciblemente. Sucumbimos por nostalgia del Ser» (Bloy, Beluarios y porqueros).
Se comprenderá ciertamente mejor, a estas alturas, por qué recusamos para la Metafísica Crítica cualquier tipo de paternidad: nos ha bastado con abrir los ojos para verla dibujarse en negativo sobre la superficie de la época, como su centro vacío. La Metafísica Crítica se ofrece a quienquiera que se tome en serio el vivir con los ojos abiertos, lo cual no exige, en última instancia, más que una obstinación particular que normalmente se hace pasar por demencia. Porque la Metafísica Crítica es la rabia en un grado tal de acumulación que se convierte en mirada. Pero una mirada así, curada ya de todos los miserables encantamientos de la modernidad, no conoce al mundo como algo distinto de sí misma. Ve que, bajo sus formas vulgares, el materialismo y el idealismo han fenecido, que «lo infinito es tan indispensable para el hombre como el planeta en el que vive» (Dostoievski), y que, incluso ahí donde parece que uno aflora en la inmanencia más satisfecha, la conciencia sigue estando presente como un inaudible sentimiento de desmedro, como una mala conciencia. La hipótesis kojèviana de un «fin de la Historia» en el que el hombre permanecería «vivo como un animal en armonía con la Naturaleza y el Ser dado», en el que «los animales poshistóricos de la especie Homo Sapiens (que [vivirían] en la abundancia y en plena seguridad) [estarían] contentos en función de su comportamiento artístico, erótico y lúdico, ya que, por definición, se [contentarían] con ello», y en el que desaparecería el conocimiento discursivo del mundo y de uno mismo, resultó ser la utopía del Espectáculo, pero también se reveló, como tal, irrealizable. Es manifiesto que no existe en ninguna parte un acceso de los hombres a la condición animal. La nuda vida sigue siendo, para ellos, una forma de vida. El desdichado «hombre moderno» —pasemos por alto el oxímoron—, que puso tanto empeño virulento en desembarazarse de la carga de la libertad, comienza a entrever que tal cosa es imposible, que no puede renunciar a su humanidad sin renunciar también a la vida misma, que un hombre animalizado ni siquiera es un animal. Todo, en el acabamiento de esta época, nos lleva a creer que el hombre sólo puede sobrevivir en el elemento del sentido. Nada, como la energía que nuestros contemporáneos invierten en distraerse de ello, muestra hasta qué punto lo posible que el hombre contiene tiende por sí mismo a su realización. Sus propios crímenes están dictados por el deseo de dar empleo a sus facultades. Así, el pensamiento no representa para él un deber, sino una necesidad esencial, cuyo incumplimiento es sufrimiento, es decir, contradicción entre sus posibilidades y su existencia. Los hombres se marchitan físicamente en la negación de su dimensión metafísica. Al mismo tiempo, se vuelve evidente que la alienación no es un estado en el que estarían sumidos de manera definitiva, sino la incesante actividad que se requiere desplegar para mantenerlos en él. La ausencia de conciencia no es sino su represión continua. La insignificancia aún tiene un sentido. El olvido completo del carácter metafísico de toda existencia es, sin duda, una catástrofe, pero es una catástrofe metafísica. Y es esta misma constatación, aunque tenga ya treinta años, la que sigue imponiéndose en el dominio del pensamiento: «La filosofía analítica contemporánea se empeña en exorcizar “mitos” y “fantasmas” metafísicos como la Conciencia, el Espíritu, la Voluntad, el Alma, el Ego, disolviendo la intención de estos conceptos en afirmaciones sobre operaciones, actuaciones, fuerzas, disposiciones, propensiones, habilidades, etc. particularmente identificables. El resultado muestra de manera extraña que es imposible destruir estos conceptos» (Marcuse, El hombre unidimensional). La metafísica es el espectro que se cierne sobre el hombre occidental desde hace cinco siglos, desde que intenta ahogarse en la inmanencia y no lo consigue.


ACTO SEGUNDO: «La Verdad debe ser dicha, el mundo debe volar en pedazos» (Fichte).

Por todo ello, el gesto de reconocer el olvido del Ser, y por lo tanto de salir del nihilismo, no tiene nada de evidente, nada susceptible de un fundamento racional; se trata de una decisión moral. Y no en abstracto, sino concretamente moral: pues en el mundo de la mercancía autoritaria, donde la renuncia al pensamiento es la primera condición de la «integración social», la consciencia es inmediatamente un acto, y un acto por el cual es corriente que se juzgue conveniente matarte de hambre, ya sea directa o indirectamente, a través del servicio amable de los que dependes. Ahora que todas las instancias represivas en las que la moral fue alienada en moralidad se están cayendo en pedazos, se nos da finalmente a conocer en su radicalidad original, que la designa como la unidad de las costumbres de los hombres y de la consciencia que tienen de ellas, y, en cuanto tal, como el enemigo absoluto de este mundo. Esto podría expresarse en términos más tajantes de la manera siguiente: se combate o a favor del Espectáculo o a favor del Partido Imaginario; y entre ambos no hay nada. Todos aquellos que pueden adaptarse a una sociedad tan adaptable a la inhumanidad, todos aquellos que tienen la bondad de dar una limosna de indiferencia a su propio sufrimiento y al de sus semejantes, todos aquellos que hablan del desastre como si se tratara de un nuevo mercado con prometedoras oportunidades, no son nuestros hermanos. Consideramos que su muerte es un hecho deseable. Ciertamente no les reprochamos que no se consagren a la Metafísica Crítica, algo que podría constituir, en calidad de discurso, un objeto social determinado, sino que se nieguen a ver su contenido de verdad, el cual, estando en todas partes, excede cualquier determinación particular. Ninguna coartada puede sostenerse ante tal ceguera; la aptitud metafísica es la cosa que mejor se comparte en el mundo: «no hay que ser zapatero para saber si un zapato te queda bien» (Hegel); negarse a ejercerla constituye, en las condiciones actuales, un crimen permanente. Y este crimen (la denegación del carácter metafísico de lo que es) ha gozado de una complicidad tan duradera y general que se ha vuelto revolucionario formular los principios a priori en los que se funda toda experiencia humana. Debemos recordarlos aquí, para vergüenza de los tiempos.
1. Así como la enfermedad no es manifiestamente la suma de sus síntomas, el mundo no es manifiestamente la suma de sus objetos, de «lo que es el caso», o de sus fenómenos, sino más bien un carácter del hombre mismo. El mundo existe en cuanto mundo sólo para el hombre. Inversamente, no hay hombre sin mundo; la situación del Bloom es una abstracción transitoria. Todo el mundo se encuentra siempre-ya proyectado en un mundo que experimenta como una totalidad dinámica y del cual, por lo tanto, tiene necesariamente una precomprensión, por rudimentaria que sea. Su simple conservación lo exige.
2. El mundo es una metafísica, es decir que la manera en que se da a primera vista, su supuesta neutralidad objetiva, su simple estructura material, participan ya en una cierta interpretación metafísica que lo constituye. El mundo es siempre el producto de un modo de desocultamiento que hace que las cosas entren en la presencia. Algo como lo «sensible» existe para el hombre sólo en relación con una interpretación suprasensible de lo que es. Evidentemente, esta interpretación no existe de manera separada, no se encuentra en ningún lugar fuera del mundo, ya que ella es lo que lo configura. Todo lo visible descansa en la invisibilidad de esta representación, que es el fundamento de lo que se da a ver, y que desocultando a la vez oculta. Por lo tanto, la esencia de lo visible no tiene nada de visible. Este modo de desocultamiento, por imperceptible que sea, es mucho más concreto que todas las abstracciones coloridas que se quisiera hacer pasar por «la realidad». Lo dado es siempre lo planteado, toma su ser de una afirmación original del Espíritu: «El mundo es mi representación». En sus profundidades, es decir, en su surgimiento, el hombre y el mundo coinciden.
3. Lo sensible y lo suprasensible son fundamentalmente lo mismo, pero de modo diferenciado. Olvidar uno de los dos términos para hipostasiar el otro tiene la consecuencia de hacerlos ambos abstractos: «Destituir lo suprasensible suprime también a lo meramente sensible y, con ello, la diferencia entre ambos» (Heidegger).
4. La intuición humana primitiva no es sino la intuición de la representación y la imaginación. La pretendida inmediatez sensible es posterior a ella. «Los hombres comienzan por ver las cosas sólo como se les aparecen y no como son; no ven en las cosas las cosas mismas, sino la idea que tienen de ellas» (Feuerbach, Principios de la filosofía del futuro). La ideología de lo «concreto», que fetichiza según sus diferentes versiones lo «real», lo «auténtico», lo «cotidiano», las «pequeñeces», lo «natural» y otros «trozos de vida», no es sino el grado cero de la metafísica, la teoría general de este mundo, su compendio enciclopédico, su lógica en forma popular, su punto de honor espiritualista, su sanción moral, su complemento ceremonial, su motivo universal de consuelo y justificación.
5. Todas las evidencias indican que «el hombre es un animal metafísico» (Schopenhauer). Con esto no hay que entender únicamente que es ese ser para el que el mundo tiene sentido incluso en su insignificancia, o cuya inquietud no se alivia con nada finito, sino eminentemente que toda su experiencia está tejida en un tejido que no existe. Por eso los sistemas propiamente materialistas, así como el escepticismo absoluto, nunca han sido capaces de ejercer por sí mismos una influencia profunda o duradera. El hombre puede muy bien rechazar, durante largos períodos de tiempo, hacer metafísica conscientemente, y así es como se las arregla regularmente, pero no puede prescindir de ella por completo. «Nada es tan portátil, si se quiere, como la metafísica. […] Y lo que sería difícil, e incluso rigurosamente imposible, sería no tenerla, sería que alguien no tuviera su metafísica, o al menos algo de metafísica… Sucede que no sólo no todos tienen la misma, lo cual es demasiado obvio, sino que no todos tienen una del mismo tipo, ni del mismo grado, ni de la misma naturaleza, ni de la misma calidad» (Péguy, Situaciones).
6. La metafísica no es la simple negación de lo físico, sino simétricamente su fundamento y su superación dialéctica. El prefijo meta-, que significa tanto «con» como «más allá», no tiene el sentido de una disyunción, sino de una Aufhebung, en el sentido hegeliano. Por lo tanto, la metafísica no es nada abstracta, ya que es lo que funda toda concreción; es lo que está detrás de lo físico y lo hace posible. La metafísica «supera la naturaleza para alcanzar lo que está oculto en o detras ella, pero considerándolo siempre como lo que en ella se manifiesta, y no con independencia de todo fenómeno» (Schopenhauer). La metafísica designa así este simple hecho de que el modo de desocultamiento y el objeto desocultado son en un sentido original «la misma cosa». Por eso no es, en su conjunto, otra cosa que la experiencia en cuanto experiencia y sólo es posible a partir de una fenomenología de la vida cotidiana.
7. Las sucesivas derrotas que la ciencia mecanicista ha sufrido y reprimido constantemente durante un siglo, en los frentes de lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, han condenado definitivamente el proyecto de establecer una física sin metafísica. Y es necesario una vez más, después de tantos desastres previsibles, reconocer con Schopenhauer que la explicación física que se niega a ver que «en cuanto tal, requiere aún una explicación metafísica que le proporcione la clave de todos sus supuestos […] se topa por todos lados con una explicación metafísica que la suprime, es decir, que le quita su carácter de explicación». «Los naturalistas se esfuerzan en mostrar que todos los fenómenos, incluso los espirituales, son físicos, y en esto, tienen razón; su culpa radica en no ver que todo lo físico es a la vez, por otro lado, metafísico». Y es con una amarga profecía que leemos estas líneas: «Cuanto mayor sea el progreso de la física, más vivamente hará sentir la necesidad de una metafísica. En efecto, un conocimiento de la naturaleza más preciso, más extenso y más profundo, por un lado, mina y eventualmente anula las ideas metafísicas vigentes hasta ahora, por otro lado, sirve para sacar a la luz el problema de la metafísica de forma más clara, correcta y completa, para liberarlo más severamente de cualquier elemento físico».
8. La metafísica mercantil no es una metafísica entre otras muchas, es la metafísica que niega toda metafísica y en primer lugar a sí misma como metafísica. Por eso es también, de entre todas, la metafísica más nula. Aquella que sinceramente quisiera hacerse pasar por una simple física. La contradicción, es decir, la falsedad, es su rasgo más duradero y distintivo, el que que afirma tan categóricamente lo que es sólo una pura negación. El nihilismo corresponde al período histórico de la explicitación de esta metafísica, y de su nulidad. Pero esta explicitación tiene también que ser ella misma explicitada. Y de una vez por todas: no hay un mundo mercantil, sólo hay un punto de vista mercantil sobre el mundo.
9. El lenguaje no es un sistema de signos, sino la promesa de una reconciliación de las palabras y las cosas. «Sus universales son los elementos primarios de la experiencia; no como conceptos filosóficos, sino como cualidades reales del mundo que afrontamos diariamente […]. Cada universal sustancial encierra cualidades que sobrepasan toda experiencia particular, pero que persisten en el espíritu, no como una invención de la imaginación ni como posibilidades lógicas, sino como la sustancia, la “materia”, de la que está hecho nuestro mundo». De ello se desprende que la operación por la que un concepto designa una realidad constituye a la vez una negación y una realización del mismo. «El concepto de belleza comprende toda la belleza no realizada aún; el concepto de libertad, toda la libertad no alcanzada aún» (Marcuse, El hombre unidimensional). Los universales tienen un carácter normativo, y es por eso que el nihilismo les declaró la guerra. «El ens perfectissimum es al mismo tiempo el ens realissimum. Cuanto más perfecta es una cosa, más es» (Lukács, El alma y las formas). Lo excelente es más real, más general, que lo mediocre, porque realiza más plenamente su esencia: el concepto ciertamente unifica una variedad, pero la unifica aristocratizándola. El pensamiento crítico es el que efectúa la salida del nihilismo a partir de la trascendencia profana del lenguaje y del mundo. Para él, lo trascendente es que el mundo es, y lo indecible es que hay lenguaje. Una facultad poco común de conflagración se adhiere a la consciencia que recorre su tiempo desde el borde de tal nada. Cada vez que encontró la lengua para comunicarse, la historia conservó su marca. Lo que es esencialmente importante es concentrar los esfuerzos hacia esta dirección. El lenguaje constituye tanto lo que está en juego como el teatro de la partida decisiva. «Siempre será sólo una cuestión de si la palabra y la vida se pueden reconciliar, y de cómo hacerlo» (Brice Parain, Sobre la dialéctica).
10. El «imperativo categórico de echar por tierra todas las condiciones en las que el hombre es un ser humillado, sojuzgado, abandonado y despreciable» (Marx) sólo puede fundarse en una definición del hombre como ser metafísico, es decir, abierto a la experiencia del sentido. Nadie, ni siquiera esa lombriz de la inteligencia que fue durante toda su existencia Hans Jonas, ha dejado de reconocerlo: «Filosóficamente, la metafísica ha caído en desgracia hoy en día, pero no podríamos prescindir de ella; así que tenemos que aventurarnos de nuevo en ella. Porque sólo ella es capaz de decirnos por qué el hombre debe ser, y por lo tanto no tiene derecho a causar su desaparición del mundo o a permitirla por simple negligencia; y también cómo debe ser el hombre para honrar y no traicionar la razón por la cual él debe ser… De ahí la necesidad renovada de la metafísica, que debe, por medio de su visión, armarnos contra la ceguera» (Sobre el fundamento ontológico de una ética del futuro).
11. Dicho sea de paso, la realidad es la unidad del sentido y la vida.
12. Todo lo que está separado recuerda que estuvo unido, pero el objeto de ese recuerdo se mantiene en el futuro. «El espíritu es lo que se encuentra, y por lo tanto lo que se perdió» (Hegel).
13. La libertad del hombre nunca ha consistido en la capacidad de ir, venir y ocupar el tiempo a su antojo —esto es más apropiado para los animales, de los que se dice, muy significativamente, que están «en libertad»—, sino en darse forma, en realizar la figura que contiene, o que desea. Ser significa mantener su palabra. Toda la vida humana no es más que una apuesta por la trascendencia.
Declaraciones similares se han tratado en el pasado con el especial y divertido desdén que el filisteo siempre se ha reservado para consideraciones aparentemente desprovistas de cualquier efectividad. Pero mientras tanto, las metamorfosis de la dominación les han dado una concreción desagradablemente cotidiana. El derrumbe definitivo e histórico, en 1914, del liberalismo realmente existente, obligó a la sociedad mercantil, para mantener la ficción de su obviedad, para defenderse de los asaltos revolucionarios que manifestaban en todos los países occidentales la incapacidad desde el punto de vista económico para captar el todo del hombre y, finalmente, para asegurar la reproducción abstracta de sus relaciones, a colonizar urgentemente, y luego métodicamente, toda la esfera del sentido, todo el territorio de la apariencia y por último, también, todo el campo de la creación imaginaria. En una palabra, tuvo que invertirse en la totalidad del continente metafísico con el único propósito de asegurar su hegemonía terrestre. Ciertamente, el mero hecho de que el momento mismo de su apogeo, el siglo xix, estuviera dominado no por la armonía sino por la hostilidad absoluta (y absolutamente falsa) de las figuras del Artista y el Burgués, era en sí mismo prueba suficiente de su imposibilidad, pero sólo los grandes desastres en los que se bañaron los primeros decenios de este siglo cargaron su absurdo con suficientes dolores como para que el edificio entero de la civilización pareciera tambalearse. La dominación mercantil aprendió entonces de aquellos que la desafiaron que ya no podía limitarse a considerar al hombre como un simple trabajador, como un factor inerte de producción, sino que, para perpetuarse, tenía que organizar todo lo que se extendía al exterior de la esfera estricta de la producción material. Sea cual fuere su renuencia a ello, en este punto, tuvo que imponer un repentino accelerando al proceso de socialización de la sociedad, y tomar en sus manos todo aquello de lo que hasta entonces había negado la existencia, todo aquello que había dejado con desdén a la «actividad improductiva», a la «fantasía privada», al arte y a la «metafísica». En el espacio de unos pocos años, y sin ninguna resistencia notable al principio, la Publicidad quedó completamente sometida a la arbitrariedad del protectorado espectacular (es un hecho general que la persecución de las viejas ofensivas rara vez se reconoce cuando se arman con medios totalmente nuevos). Dado que la interpretación mercantil del mundo fue desmentida por los hechos como un disparate, se emprendió por lo tanto hacerla entrar en los hechos. Y dado que la mística mercantil —que postulaba formal y exteriormente la equivalencia general de todas las cosas y la intercambiabilidad universal de todo— quedó claramente manifestada como pura negación, como mórbido apresamiento, se resolvió hacer las cosas realmente equivalentes, y los seres interiormente intercambiables. Dado que la liquidación sistemática de todo lo que en la inmediatez encubría una trascendencia (comunidades, ethos, valores, lenguaje, historia) colocó peligrosamente a los hombres ante la exigencia de la libertad, se decidió producir industrialmente trascendencias de pacotilla, y comercializarlas a un alto precio. Nosotros nos mantenemos en el otro extremo de esta larga víspera de la aberración. Pues así como su fracaso en el pasado sentó las bases para la extensión al infinito del mundo de la economía, la consumación contemporánea de esta extensión universal anuncia su inminente derrumbe.
Este proceso crítico de realización de la indigente metafísica mercantil ha sido denominado de forma variada con los conceptos de «Movilización Total» (Jünger), «Gran Transformación» (Polanyi) o «Espectáculo» (Debord) (por el momento, recurriremos más fácilmente a este último concepto, que se mantiene indiscutiblemente como una de esas máquinas de guerra que nos gusta usar, en cuanto figura que penetra transversalmente en todas las esferas de la actividad social y en la que el objeto deoscultado se confunde con su modo de desocultamiento). Si la Figura no se deja deducir simplemente de sus manifestaciones, siendo ella misma lo que las funda, no es sin embargo inútil señalar al menos las más superficiales. Así, ya en la década de 1920, y en los propios términos de sus primeros ideólogos (Walter Pitkin y Edward Filene), la propaganda ya estaba tratando de inculcar a los Bloom «una nueva filosofía de la existencia», de presentarles la sociedad de consumo como «el mundo de los hechos», con el objetivo declarado de frustrar la ofensiva comunista. La producción calibrada de mercancías culturales y su circulación masiva —el despliegue fulgurante de la industria cinematográfica es un buen ejemplo de ello— asumió la tarea de reforzar con júbilo el control de los comportamientos, de difundir los modos de vida adaptados a las nuevas exigencias del capitalismo y, sobre todo, de difundir la ilusión de su viabilidad. El urbanismo se propuso edificar el entorno físico comandado por la Weltanschauung mercantil. El formidable desarrollo de los medios de comunicación y de transporte en esos años comenzó a abolir concretamente el espacio y el tiempo, que oponían una nefasta resistencia a la puesta en equivalencia universal. Los medios de comunicación de masas iniciaron desde entonces el proceso por el cual debían concentrar gradualmente la producción del sentido en un monopolio autónomo. A cambio, tenían que extender a la totalidad de lo visible un modo de desocultamiento particular, cuya esencia es conferir al estado de cosas en vigor una inquebrantable objetividad, y así modelar a la escala del género una relación con el mundo basada en el asentimiento postulado con respecto a lo que es. También hay que señalar que las primeras referencias literarias a la función represiva de la Jovencita, en Proust, Kraus o Gombrowicz, se multiplicaron en esta misma época. Finalmente, es de manera contemporánea que la figura del Bloom, tan reconocible en Valéry, Kafka, Musil, Michaux o Heidegger, aparece en las producciones del espíritu.
Esta fase terminal de la modernidad mercantil se presenta bajo una luz necesariamente contradictoria, ya que en este proceso se niega al mismo tiempo que se realiza. Por un lado, cada uno de sus avances contribuye, en esta etapa, a arruinar aún más su propio fundamento: la negación de la metafísica, es decir, la estricta disyunción entre sensible y suprasensible. Con la extensión virtualmente infinita del universo de la experiencia, «el contenido de las especulaciones […] tiende a tener un sentido cada vez más real; sobre la base de la tecnología, la metafísica tiende a convertirse en física» (Marcuse, El hombre unidimensional). La separación de lo sensible y lo suprasensible se ve desafiada diariamente por las nuevas realizaciones de la industria. «Lo maravilloso y lo positivo [contraen] una asombrosa alianza, y estos dos viejos enemigos conspiran para comprometer nuestras existencias en una carrera indefinida de transformaciones y sorpresas […]. Lo real ya no está claramente acabado. El lugar, el tiempo y la materia admiten libertades que no estaban previstas anteriormente. El rigor genera sueños. Los sueños toman forma… Lo fabuloso yace en el comercio. La fabricación de máquinas de maravillas hace vivir a miles de individuos», señalaba Valéry en 1929 con la ingenuidad desarmante de una época en la que el sentido de la vida aún no se había convertido en un bien de consumo corriente en la cesta del ama de casa ni el más obsoleto de los argumentos de venta. Al mismo tiempo que la realización de la abstracción —en el comportamiento mimético del hipster, la imagen televisada o la nueva ciudad— ofrece a todos la posibilidad de ver el carácter evidentemente físico de lo metafísico, el Biopoder, momento diferenciado del Espectáculo, admite vergonzosamente el carácter político —y hay un «núcleo metafísico presente en toda política» (Carl Schmitt, Teología política)— de lo físico más bruto, de la «nuda vida». En este sentido, se trata en efecto de un proceso de reunificación de lo sensible y lo suprasensible, del sentido y la vida, del modo de desocultamiento y el objeto deocultado, es decir, de la negación completa de aquello sobre lo cual se funda la sociedad mercantil, pero al mismo tiempo tal reunificación tiene lugar en el terreno mismo de su separación. Por consiguiente, esa pseudorreconciliación no es el paso de cada uno de los términos a los otros en un nivel superior, sino más bien su pura y simple supresión, que los reúne no como unidos, sino como separados. Tanto es así que, por otro lado, el Espectáculo se presenta como la realización de la metafísica mercantil, como la realización de la nada. La mercancía se convierte aquí efectivamente en la forma de aparición de todas las manifestaciones de la vida, la forma de objetividad tanto de los objetos como de los sujetos (el amor, por ejemplo, aparece ahora como un intercambio regulado de orgasmos, favores, símbolos y sentimientos, de los que cada parte contratante debería idealmente obtener un beneficio igual). Ya no se conforma con vincular exteriormente, a través de la mediación monetaria, procesos independientes de ella. La mercancía, esa «cosa suprasensible aunque sensible» (Marx), se transforma en una cosa sensible aunque suprasensible. Se impone realmente como «categoría universal del ser social total» (Lukács, Historia y consciencia de clase). Poco a poco, su «objetividad fantasmática» llega a eclipsar todo lo que es. En este punto, la interpretación mercantil del mundo, que no tiene otro contenido que la afirmación de la sustituibilidad cuantitativa de todas las cosas —es decir, la negación de todas las diferencias cualitativas y de todas las determinaciones reales—, se revela como la negación del mundo. El principio según el cual «todo vale» ciertamente ha sido desde el principio la mórbida antífona del nihilismo, antes de que se convirtiera en el himno mundial de la economía. Así pues —y ésta es una experiencia cotidiana de la que nadie puede ya escapar—, llevar esta interpretación del mundo a los hechos habrá consistido de manera exclusiva en retirar toda cualidad de cada cosa, en purgar cada ser de toda significación particular, en reducirlo todo a la identidad indiferenciada de la equivalencia general, es decir, ni más ni menos, a nada. No hay más esto o aquello aquí; y de la singularidad sólo queda la ilusión. Lo que aparece, en adelante, ya no se ordena a partir de ninguna organicidad superior, sino que se entrega en un abandono infinito al simple hecho de ser sin ser nada. Bajo el efecto de este desastre prometedor, el mundo ha terminado por tomar la apariencia de un caos de formas vacías. Todos los enunciados que se han leído anteriormente, y que se consideraban al margen de toda efectividad, toman forma en conjuntos de una realidad tangible, abrumadora y, por decir lo menos, diabólica. En el Espectáculo, el carácter metafísico de lo existente se toma como una evidencia central: el mundo se ha vuelto visiblemente una metafísica. Incluso las mentes más estrechas de miras, que solían refugiarse en la cómoda objetividad de la lluvia y el sol, ahora son incapaces de hablar de ello sin tener que evocar inmediatamente el declive de la sociedad industrial. Aquí, la luz se ha solidificado, el escurridizo modo de desocultamiento que produce todo lo ente se ha encarnado en cuanto tal, es decir, con independencia de cualquier contenido, en un sector propio y tentacular de la actividad social. Aquello que hace visible se ha hecho a su vez visible. Los fenómenos, autonomizándose de lo que manifiestan, es decir, manifestando ya únicamente la nada, aparecen inmediatamente en cuanto fenómenos. El medio de existencia del hombre, la metrópoli, se revela como «una formación lingüística, un marco constituido sobre todo por discursos objetivados, códigos prestablecidos, gramáticas materializadas» (Virno, Los laberintos de la lengua). Por último, dado que la «acción comunicativa» se convierte en la propia materia del acto de producir, la realidad del lenguaje se ha situado aquí entre la mayoría de las cosas que se pueden experimentar en el ocio. En este sentido, el Espectáculo es la última figura de la metafísica, donde ésta se objetiva en cuanto tal, se hace visible y se muestra al hombre como la evidencia material de la alienación fundamental de lo Común. Es, en estas condiciones, su dimensión metafísica lo que se le escapa al hombre, se pone delante de él y lo oprime. Pero también ocurre que, antes de conseguir alienarse por completo, no podía aprehenderla concretamente, ni por consiguiente planear su reapropiación. Los días más sombríos nos dispensan de la cruda esperanza, precisamente porque son vísperas de victorias.
Desde el momento en que se ha encarnado, la economía debe perecer. Cae bajo la dura ley del reino mortal, y lo sabe. En la sacudida de todas las cosas, en las grietas que vemos abrirse por todas partes, ya podemos ver los rastros de su inminente naufragio. En lo sucesivo, la dominación mercantil se ve envuelta en una guerra sin fin o esperanza de obstruir la necesidad de este proceso. La pregunta ya no es si morirá, sino sólo cuándo lo hará. La vida dentro de tal orden, que ha renunciado a cualquier ambición que no sea la de durar un poco más, se distingue por la extrema tristeza que acompaña a todas sus manifestaciones. Aquí, la supervivencia de la dominación mercantil, que no es más que la prolongación de su agonía, está totalmente suspendida por el magro hecho de que lo que es visible no se ve; y así debe ejercer sobre la totalidad de lo que es un apresamiento cada vez más brutal. Su soberanía se despliega ahora sólo bajo la constante amenaza de que uno explicite su carácter metafísico, de que sea reconocida como lo que es: una tiranía, y la más mediocre que jamás haya existido, la tiranía de la servidumbre. En todas partes, los esfuerzos de la dominación para mantener una interpretación del mundo que, habiéndose realizado, está a su vez sujeta a la interpretación que se orienta hacia la fuerza bruta. La naturalización del modo de desocultamiento mercantil había exigido seguramente, en el pasado, una dosis constante de violencia contra los hombres y las cosas. Toda la masa de fenómenos que frustraron el nihilismo mercantil tuvo que ser arrasada, internada, sometida, encerrada, aturdida o deportada. Para el resto, el aprendizaje del punto de vista de la reificación, de la utilidad, de la separación y de la puesta en equivalencia general, se hacía simplemente en el sufrimiento, y esto durante toda la vida de manera ininterrumpida. Pero ahora está surgiendo una nueva configuración de las hostilidades. La dominación mercantil ya no puede limitarse a mantener congeladas todas sus contradicciones, a procurar que la alienación, la corrupción y el exilio de todas las cosas se den por sentados, y a reprimir en el hombre cualquier aspiración hacia el ser. Debe progresar a marchas forzadas, aunque cada paso que da en dirección a su perfeccionamiento sólo acerque el momento de su ruina. Hay que tener en cuenta que con el Biopoder (que, bajo la apariencia de mejorar, simplificar y alargar la «vida», la «forma» o la «salud», tiene como objetivo un control social total de los comportamientos) ha jugado su última carta: apoyándose en la ilusión cardinal del sentido común, la inmediatez del cuerpo, ha terminado de destruirlo. Todo, desde entonces, se ha vuelto sospechoso. Su cuerpo se presenta al Bloom como una instancia ajena, que habita contra su voluntad. Al poner su supervivencia al precio de poner a trabajar la metafísica, la dominación mercantil ha despojado a ese terreno de su neutralidad, la única garantía de poder avanzar en él victoriosamente: ha convertido la metafísica en una fuerza material. Cada uno de sus progresos será en adelante objeto de una rebelión sustancial que se opondrá puntualmente a su fe, y que proclamará en un tono u otro que la humanidad «sólo puede volver a vivir a través de un acto metafísico que reanime el elemento espiritual que la creó en su existencia primitiva o que la mantenga en su forma ideal» (Lukács). Así, el orden mercantil, que está haciendo agua por todos lados, tendrá que exterminar, hasta la unificación y la victoria del Partido Imaginario, uno por uno, físicamente, en nombre de la lucha contra el terrorismo, el extremismo o las sectas, cada universo metafísico independiente que vendrá a manifestarse. Todos los individuos que rechacen revolcarse en su inmanencia famélica, en la nada del entretenimiento, todos aquellos que tarden en renunciar a sus atributos más propiamente humanos, en particular cualquier inquietud que vaya más allá de lo ente, serán excluidos, desterrados, muertos de hambre. En cuanto a los demás, bastará con mantenerlos en un miedo cada vez más feroz. Más que nunca, «los detentadores del poder viven siempre con la terrorífica idea de que pudieran escaparse del miedo no sólo personas aisladas, sino masas completas: esto significaría su caída definitiva. Aquí reside también la verdadera razón para su irritación contra toda doctrina de trascendencia. Aquí dormita el máximo peligro: que el hombre pierda el miedo. Hay regiones en la tierra en las que se persigue la palabra “metafísica” como a una herejía» (Jünger, Sobre la línea). En esta metamorfosis última de la guerra social, donde ya no son sólo clases, sino «castas metafísicas» (Lukács, Acerca de la pobreza de espíritu) las que se enfrentan, es inevitable que haya hombres, primero en puñados, luego en mayor número, que se reúnan en torno al proyecto explícito de politizar la metafísica. Éstos son ya hoy la señal para la próxima insurrección del Espíritu.


ACTO TERCERO: «Es preciso hallarse en los sitios donde quepa concebir la destrucción no como punto final, sino como preliminar» (Jünger, El trabajador).

En el mismo momento en que, en el Espectáculo, la dominación mercantil revela su metafísica y se revela como metafísica, su verdadera contestación, pasada y presente, es traída a la luz y a su vez se revela como tal. También es entonces cuando aparece su parentesco con los movimientos mesiánicos, los milenarismos, las místicas, las herejías del pasado o incluso con los cristianos anteriores al cristianismo. Todo el pensamiento revolucionario «moderno» se resuelve ante nuestros ojos en el encuentro entre el idealismo alemán y el concepto de Tiqqun, que en la Cábala luriánica designa el proceso de la redención, de la restauración de la unidad del sentido y la vida, de la reparación de todas las cosas por la acción de los hombres mismos. En cuanto a su llamada «modernidad», en última instancia no fue más que la represión de su carácter fundamentalmente metafísico. De ahí la ambigüedad de la obra de un Marx o un Lukács, por ejemplo. Es una regla que el Espectáculo —donde hemos visto la violencia conceptual del idealismo transformarse en violencia real, e incluso física— considera «idealista» este aspecto preciso del pensamiento de aquellos a quienes no logró suprimir a tiempo. Éste es un criterio seguro para distinguir la crítica consecuente de la pseudocontestación, que siempre se une a esta sociedad en el ensañamiento de evacuar lo Indecible de lo políticamente decible. Los cabrones se reconocen infaliblemente por la rabia que emplean en no entender nada, en no ver nada, en no oír nada. Mientras vivan, la angustia, el sufrimiento, la experiencia de la nada, el sentimiento de extrañamiento ante todo, al igual que las innumerables manifestaciones de la negatividad humana, son devueltos a las puertas de la Publicidad, con una sonrisa o un equipo de policías antidisturbios. Mientras vivan, uno los considerará nulos y sin valor. La ventana histórica que se abre ahora es el momento psicológico que sacará a la luz el contenido de verdad, es decir, la potencia devastadora, de todas las críticas pasadas y presentes. Puesto que la dominación mercantil viene a luchar abiertamente la batalla en el terreno metafísico, su contestación tendrá que tener lugar a su vez en este terreno. Ésta es una necesidad que tiene tan poco que ver con la buena voluntad de los militantes como con la resolución de sus teóricos de cartón: atañe al hecho de que esta sociedad en sí misma necesita este enfrentamiento para encontrar un empleo a todo el poder técnico acumulado. Una vez más se libra una carrera de velocidad en la que ya no podemos simplemente aplicar la crítica, sino que debemos empezar por crearla. Se trata de hacer posible la crítica y nada más. La Metafísica Crítica no es, por lo tanto, un objeto que entre en el escenario del mundo en su esplendor definitivo. Es lo que se elabora y se elaborará en la lucha contra el orden presente. La Metafísica Crítica es la negación determinada de la dominación mercantil.
Que esta negación se manifieste sin traicionarse, o que sus fuerzas se desvíen de nuevo para servir a la medida de la extensión del desastre, no es, por otra parte, una cuestión de necesidad, sino sólo de la determinación melancólica de algunos elementos libres vinculados por la determinación de hacer un uso práctico de su consciencia, es decir, en el fondo, de sembrar en el mundo del Espectáculo un Terror opuesto al que reina actualmente. Sin embargo, el mero hecho de que ya no pueda haber en este mundo —ante una realidad que ya ha tomado un giro tan perfectamente sistemático— ninguna contestación de los detalles, no deja ninguna ambigüedad en cuanto a la terrible radicalidad de la época. La crítica no tiene más remedio que captar las cosas en su raíz; la raíz, para el hombre, es su esencia metafísica. Así, cuando la dominación consiste en ocupar la Publicidad, en construir pieza por pieza un mundo de hechos, un sistema de convenciones y un modo de percepción independientes de cualquier relación que no sea la suya, sus enemigos se reconocen a sí mismos en la doble ambición de hacer estallar por todas partes el aura de familiaridad de lo que aún pasa por la «realidad», revelándola como construcción, y de agenciar, en los pliegues de la presente tiranía semiocrática, espacios simbólicos autónomos con respecto al estado de explicitación público, ajenos a él, pero que pretenden como él una validez universal. El Nosotros debe hacer frente en todo lugar al Se. En esto trabajamos según nuestras propias inclinaciones, revelando a la Jovencita como dispositivo político de coacción, a la economía como ritual de magia negra, al Bloom como santidad criminal, al Partido Imaginario como portador de una hostilidad tan invisible como absoluta, o a la panadería del barrio como aparición sobrenatural. Se trata de afectar todo lo que se dice, todo lo que se hace y todo lo que se ve con su factor natural de irrealidad. Este mundo dejará de ser monstruoso cuando deje de darse por sentado. Por lo tanto, toda nuestra teoría se inscribe en la vida cotidiana, donde debe siempre y de nuevo acudir a lo familiar que a nosotros nos toca volver inquietante. Nuestro interés maníaco en los «incidentes» puede estar relacionado con esto, ya que es en ellos que lo habitual mismo se arranca del hábito, cuyo barniz salta de golpe. La violencia ciega y límpida de un Kipland Kinkel o un Alain Oreiller testifica en dosis mortales esta verdad negativa del hombre, que la cotidianidad planificada se aplica invariablemente a sofocar. En esta ofensiva, el lenguaje es, hasta cierto punto, el campo de batalla que estamos tratando de socavar. No hay nada arbitrario en esta elección; descansa en la constatación de que la dominación, que se ha visto obligada a ocuparlo, nunca se ha sentido cómoda en él. Si, en ciertos aspectos, la presente eficiencia de la economía, así como su aparente perennidad, se basa en la manipulación libre de los signos, y su reducción operativa a señales, es igualmente claro que el éxito definitivo de esta reducción sería su muerte. Para que la dominación pueda seguir manejándolos como sus vehículos, los signos deben ocultar con recelo algún sentido, es decir, una trascendencia que de una u otra manera lleve más allá del estado de cosas actual, y lo amenace con la nulidad. Aquí se da una contradicción, una llaga abierta que, si se explota con suficiente malevolencia, es de tal naturaleza que causa su pérdida. Nosotros la proveeremos.
En muchos aspectos, la Metafísica Crítica continúa y consuma la labor de socavar que el nihilismo emprende, desde hace cinco siglos, con éxito. La constancia con la que se ha encontrado cada simple fe en la realidad, sector tras sector, primero sacudida, luego herida y finalmente arruinada, no le es ajena; no siente ningún remordimiento por ello. La Metafísica Crítica no tiene por vocación proporcionar a los hombres un nuevo y refinado tipo de consuelo. Más bien, su lema es generalizar la inquietud. La Metafísica Crítica es en sí misma esa inquietud que ya no puede concebirse como debilidad o vulnerabilidad, sino como aquello de lo que emana toda fuerza. No está hecha para brindar seguridad a los débiles que necesitan apoyo, sino para llevarlos al combate. Es como un arma, y nadie puede decir a quién servirá sino a quien la tome. Hay en toda vida que se mantiene en tal contacto con el Ser una potencia de devastación cuya intensidad uno no puede medir. La prueba que tantos otros antes que nosotros han enfrentado contra la realidad, está en camino de ser ganada, pero por el enemigo. Por eso, en este mal camino, consideramos como preliminar a todo la pulverización de la última estructura palpable de aprehensión de lo existente: la forma cuantitativa abstracta de la mercancía, que se ha convertido «para la consciencia reificada en la forma de aparición de su propia inmediatez, que no intenta —en cuanto consciencia reificada— superar, sino por el contrario, mediante una “profundización científica” de los sistemas de leyes aprehensibles, fijar y eternizar» (Lukács, Historia y consciencia de clase). No cabe duda de que enloquecer la sabiduría del mundo forma parte de nuestro programa; pero eso es sólo la primera línea. La Metafísica Crítica es más bien «ese movimiento espiritual que toma el nihilismo como campo de batalla y toma de él su configuración, como imagen reflejada en el espejo del Ser» (Jünger, La emboscadura), esa fuerza necesaria que pretende derrocar la hegemonía mercantil manifestándola como metafísica. Sólo este acto de reflejar, de manifestar la realidad como interpretación, como construcción, esta forma de mostrar que la esencia del nihilismo no tiene nada de nihilista, ya avanza más allá del nihilismo. En todas partes donde tiene puesta la mirada, la Metafísica Crítica afecta a lo ente con un signo contrario a la convención dominante. Cada realidad que se le relaciona con ella cambia bruscamente de sentido; las proporciones se invierten: lo que parecía ser un resto al margen del Espectáculo se descubre como lo más real, lo que todavía ayer se veía como el mundo mismo es devuelto a su miseria minúscula, lo que parecía estar firmemente establecido comienza a tambalearse, lo que parecía tener poco más de consistencia que el aire adquiere una presencia basáltica. Así, la Metafísica Crítica muestra la insignificancia en la que el Espectáculo, esa unidad falsa por estar abstraída del sentido y de la vida, ha renegado todo lo ente, no como un hecho en sí mismo insignificante, sino como una situación política de servidumbre, una forma concreta de la opresión social. Al hacerlo, pone esta insignificancia en posesión de un coeficiente de realidad que nada, en este mundo, puede reclamar. Pero es en verdad toda la no-identidad que había sido reprimida en la penumbra del mundo infraespectacular, todo lo que no era ni decible ni admisible en el modo de desocultamiento dominante, lo que trae a la presencia, hace audible, y de este modo real. La Metafísica Crítica crea, a partir de la nada, una plenitud más verdadera, compacta y desatada que la aparente plenitud del Espectáculo: la plenitud del desamparo, el absoluto del desastre. Al revelar al sufrimiento humano su significado político, lo suprime como tal y lo convierte en el presagio de un estado superior. Lo mismo ocurre con la angustia, donde lo existente mismo lleva más allá de lo existente: una vez que esta experiencia es impulsada en el corazón de la Publicidad, lo finito como tal se borra y se recobra como signo de lo infinito.
Pero la transfiguración de la cual la Metafísica Crítica es sinónimo tiene lugar en primer lugar en el hombre que se encontró despojado de todo lo que creía que era suyo, en el Bloom, que también reconoció la nada que le queda por compartir como lo único que a final de cuentas le ha pertenecido siempre: su indestructible facultad metafísica. La noción de Partido Imaginario, por último, da cuerpo al residuo, al resto, a la no-coincidencia, a todo lo que queda fuera del plano universal de la economía, del apresamiento y de la Movilización Total. Así pues, al mismo tiempo que es la doctrina de trascendencia, la única que permite liberarse de este mundo y aniquilarlo, al mismo tiempo que redacta los prolegómenos de cualquier insurrección futura, al mismo tiempo, por tanto, que se afirma como la negación determinada de la dominación mercantil, la Metafísica Crítica contiene ya en sus manifestaciones actuales la superación positiva que lleva más allá de las zonas de destrucción. «Cada hombre —dice ella— ejerce una cierta actividad intelectual, adopta una visión del mundo, una línea moral de conducta deliberada, y contribuye así a defender y a hacer que prevalezca una cierta visión del mundo» (Gramsci, Los intelectuales y la organización de la cultura). En consecuencia, la Metafísica Crítica se impondrá como una exhortación cada vez más intratable y virulenta a cada Bloom para que lleve a su consciencia la visión del mundo que subyace a su modo de vida y después, rechazándola o apropiándose de ella, reconozca a sus semejantes y a sus adversarios, es decir, básicamente, para que nazca en el mundo. No dejaremos a nadie ignorar en paz el significado de su existencia. Todo se compromete a todo. Haremos que los hombres pasen incluso al gusto de consumir. Por lo tanto, la Metafísica Crítica no se limita a considerar todas las cosas desde el punto de vista del Tiqqun, es decir, de la unidad del mundo, de la realización final de todas las cosas, de la inmanencia del sentido a la vida; más bien produce, por su carácter práctico y ejemplar, esa unidad, esa realización y esa inmanencia. Forma parte en sí misma del mundo del Tiqqun. La Metafísica Crítica es en su existencia diaria el punto de vista desde el cual lo Bello, lo Bueno y lo Verdadero ya han dejado de ser percibidos contradictoriamente. Considerando que el nihilismo no es otra cosa que «la pérdida temporal de la apertura en la que una cierta interpretación de lo ente se constituye como interpretación» (Jünger) y que la Metafísica Crítica se presenta como un mandato general a determinarse a partir del carácter metafísico del mundo, constituye según su propio curso la consumación y la superación del nihilismo, o en términos de ese viejo canalla de Heidegger, «la Apropiación de la metafísica», «la Apropiación del olvido del Ser». Primero determina un distanciamiento del mundo como representación y «toma en un principio la apariencia de una superación de la metafísica […]. Pero lo que se produce en la Apropiación de la metafísica, y sólo en ella, es que la verdad de la metafísica regresa expresamente, la verdad duradera de una metafísica aparentemente repudiada, que no es otra que su esencia ahora reapropiada: su Morada. Aquí acontece algo distinto a una mera restauración de la metafísica» (Heidegger, Contribución a la cuestión del ser).
Para la comunidad de los metafísicos-críticos, ya no hay nada más concreto que esa Apropiación y esa Morada, aunque todavía están provisionalmente en forma de problemas a resolver, en lugar de soluciones inmediatamente dadas. En la medida en que esta sociedad les sigue poniendo limitaciones, no hay duda de que están construyendo algo en los rincones de la metrópoli, un ethos realmente, es decir, colectivamente, practicado donde «la Metafísica [forma] parte del ejercicio diario de la vida» (Artaud). Sería un error denunciarlo como una alternativa cómoda a la ofensiva armada. Contrariamente a lo que algunos izquierdistas apresurados nos quieren hacer creer, en las condiciones actuales la puesta en juego inmediata de la práctica revolucionaria no está en la lucha frontal contra la dominación mercantil, pues ésta se desmorona inexorablemente, y «lo que se desmorona, se desmorona, pero no puede ser destruido» (Kafka). Por lo tanto, es necesario dejar a esa puta a su insípida descomposición y prepararse para asestar, cuando llegue el momento, el golpe fatal del que no podrá recuperarse; lo que supone nada menos que realizar por todos los medios la unidad de las fuerzas particulares que se enfrentan actualmente a la hegemonía mercantil, o en otros términos, realizar el Partido Imaginario. Por la única razón de que «en un mundo de mentira, la mentira no puede ser vencida por su opuesto, sino sólo por un mundo de verdad» (Kafka), aquellos cuya vocación sería sólo destruir, no tienen otra opción que trabajar en la formación, en el espacio infraespectacular, de semejantes «mundos de verdad», si pretenden convertirse en algo más que en profesionales del jurado de la contestación social. La elaboración positiva —en medio de las ruinas— de formas de vida, de comunidad y de afectividad independientes y superiores a las aguas heladas de la moral espectacular, es un acto de sabotaje cuya facultad de fracaso en el imperium de la abstracción actúa sin aparecer. También es, en la situación actual, la condición sine qua non para cualquier contestación eficaz, ya que, a menos que se reagrupen en familias mentales, quienes se oponen a esta sociedad no tienen ninguna posibilidad de sobrevivir. Sin embargo, no hay razón para que los metafísicos-críticos no se unan y fomenten parte de la agitación que ataca explícitamente a la dominación mercantil. A ninguna costa dejaremos de perturbar la lúgubre ceremonia del mundo. Pero tales hechos por nuestra parte serían mal entendidos si ignoráramos que sólo tienen sentido en la construcción más vasta de un modo de vida en el que la guerra tiene su lugar. La coexistencia pacífica de todas las mofas, que hace de esta época un vomitivo tan poderoso, es una de las cosas a las que pretendemos poner un fin sangriento. Es intolerable que la verdad y el error continúen viviendo de tal manera en paz, una con otro. El compromiso mutuo de tantas metafísicas tan visceralmente irreconciliables en el edículo barroco del Espectáculo forma parte de los medios comandados por el enemigo para quebrar a los más vivos. Los hombres deben ponerse de acuerdo en la enunciación de sus desacuerdos, trazar fronteras claras entre las diferentes patrias metafísicas, y así poner fin al mundo de la confusión, donde nadie es capaz de reconocer ni a sus hermanos ni a sus enemigos. Las interminables disputas entre teólogos son claramente un modelo de vida social. La utopía de Tlön no está para desagradarnos. No ponemos precio al amor de quienes no han sabido odiar, ni a la paz de quienes nunca han combatido. Por eso, en nuestro desafío de procurar que «el rechazo utópico del mundo de la convención se objetive en una realidad igualmente existente y que el rechazo polémico obtenga así la forma de una estructuración» (Lukács, Teoría de la novela), la búsqueda de oportunidades para pelear con aquellos cuya metafísica se nos opone objetivamente, no es menos importante que la búsqueda de nuestros hermanos dispersos en el Exilio. El objeto de la comunidad auténtica no puede ser otra cosa que la construcción consciente de lo común mismo, es decir, la creación del mundo, o para ser más exactos, la creación de un mundo. Por eso los metafísicos-críticos se preocupan tanto por componer juntos el verdadero alfabeto, cuya aplicación da un significado a las cosas, a los seres y a los discursos, es decir, por reconstituir en la realidad un orden oculto, de manera que lo existente deje de abrumarlos y se presente finalmente en la forma familiar de figuras, más que de fachas, en el sentido de Gombrowicz. Se trata, en efecto, de elevar la afinidad electiva a la libre construcción de un modo de desocultamiento común de la realidad. Debemos convertir nuestras percepciones individuales y nuestros sentimientos morales en una obra colectiva. Tal es la tarea. Pero ya hemos encontrado, con la sensación objetiva del mal, la inexorable excitación del vicio, aquella de tener sexo con una Jovencita, o de comprar en un supermercado. En cada uno de nuestros enemigos —el posmoderno, la Jovencita, el sociólogo, el mánager, el burócrata, el artista o el intelectual, todas las taras que integran la composición de un solo y mismo cabrón— sólo vemos ya su metafísica. Nuestro «poder de alucinación voluntaria» ha pasado ese grado de coherencia en el que, de ahora en adelante, todo nos habla de lo que hacemos — y los tiempos mesiánicos no son otra cosa: la reabsorción del elemento del tiempo en el elemento del sentido. Quienes creen que pueden construir un nuevo mundo sin construir un nuevo lenguaje se equivocan: este mundo está enteramente contenido en su lenguaje. El nuestro no esconde su vocación imperialista más que otros: toda poesía, todo pensamiento, todo imaginario que no logre acceder a la efectividad, cuando es posible hacerlo, queda por debajo del rango irrisorio de la cursilería. Roger Gilbert-Lecomte dio a esta constatación una expresión de la que no tenemos nada que quitar: «El nacimiento del pensamiento concreto (metafísico experimental), al sacar la visión de su expresión artística, transformará su saber en poder». También señaló que «el metafísico experimental se apoya en su desequilibrio, que le da muchos puntos de vista diferentes sobre la realidad». Tenía razón. Un mundo hecho de ideas es también un mundo a merced de las ideas, siempre que sean imperiosas. En resumen, la materia que nos absorbe es la realización de la utopía concreta de un mundo donde cada una de las grandes metafísicas, cada uno de los grandes «lenguajes de la creación», entre los cuales no hay «ni superación ni doblamiento» (Péguy), podría, finalmente y en el pleno sentido del término, habitar el mundo, disponer de un reino y perderse sin freno en inagotables guerras santas, cismas, sectas y herejías, donde se recobraría la inmanencia del sentido a la vida, donde el lenguaje se acercaría al Ser y el Ser al lenguaje, donde la metafísica ya no sería un discurso, sino el fecundo tejido de la existencia, donde cada comunidad sería un refugio dentro de lo Común reapropiado, donde el hombre, renunciando a cubrir su insoluble relación con el mundo con la estúpida y burda mentira de la propiedad privada, se abriría verdaderamente a la experiencia de la angustia, el éxtasis y el abandono. Que a la vida no le guste la consciencia que se tiene de ella y que la forma se sigue experimentando en el sufrimiento, denuncia un tiempo al que se le niega la duración. En cuanto a nosotros, nosotros anunciamos un mundo donde el hombre abrazará su destino como el trágico juego de su libertad. No hay vida más propiamente humana que ésta. Sin duda, los metafísicos-críticos llevan en su insensatez ese día después del desastre. Y aunque sucumbiéramos a los poderes que este mundo habrá desatado contra nosotros, al menos habremos presagiado esos tiempos felices en los que no habrá más metafísica, pues todos los hombres serán metafísicos, detentadores vivos del Absoluto. Entonces se entenderá que hasta ahora no ha pasado nada.