Volverse vivo, autónomo, explosivo (2026)
El 16 de octubre de 2026, Frustration Magazine publicó una entrevista con dos colaboradores del comité invisible con motivo de la aparición, ese mismo día, de Manual de supervivencia (Manuel de survie), editado por La fabrique. La conversación tiene lugar en plena revuelta estudiantil y ante el posible regreso de los chalecos amarillos, en un contexto de protestas, disturbios y represión policial.
*
* *
Por una coincidencia del calendario o como signo de los tiempos, lo cierto es que el comité invisible publica su Manual de supervivencia el 16 de octubre, en plena revuelta juvenil y en vísperas de un posible «regreso de los chalecos amarillos».
Durante unos veinte años, a través de sus textos de intervención —La insurrección que viene, A nuestros amigos, Ahora…—, el comité invisible ha sabido inspirar las sucesivas oleadas de revuelta y, al mismo tiempo, extraer de ellas balances críticos, así como de las situaciones que les han seguido. Con su «manual de supervivencia», ofrece un pensamiento exigente, duro, sin concesiones ni halagos, capaz de someterse a la autocrítica, pero también de mostrarse generoso y honesto.
Muchas de las preguntas que plantea son también, en ocasiones, las nuestras; en última instancia, son las de tantas personas frustradas por las derrotas y por la sensación de impotencia: ¿cómo pensar las derrotas reiteradas pese a la persistencia de distintas formas de conflictividad? ¿Qué balance cabe extraer de ellas? ¿Cómo «sobrevivir» al momento presente? ¿Cómo prospera el enemigo? ¿Cómo enfrentarse al capital con seriedad y estrategia, y recuperar de verdad la ética y la perspectiva revolucionarias?
En consonancia con su crítica explícita del espacio público, sus intervenciones siguen siendo escasas. Sin embargo, dos colaboradores del Manual de supervivencia del comité invisible respondieron a nuestras preguntas sobre el libro y expusieron su propio análisis del momento que atravesamos.
*
* *
El Manual de supervivencia sostiene que los chalecos amarillos llevaron a cabo una forma de insurrección que los autónomos habían esperado durante mucho tiempo, pero lo hicieron sin ellos: un movimiento surgido del encuentro entre experiencias singulares hasta entonces aisladas, en lugar de una organización constituida de antemano. ¿Hay puntos en común con la actual revuelta juvenil o se trata de otra movilización de izquierda, reivindicativa y encauzada, recuperada o incluso saboteada por sindicatos y partidos?
Lo que sacude al país en este momento no es un movimiento social, sino un movimiento vital. El mundo de los «adultos» que están al mando avanza a toda velocidad hacia el abismo; incluso acelera. Le importa un carajo todo: quiere seguir disfrutando hasta la última gota de petróleo. Pretender que es «responsable», «razonable» y depositario de la «autoridad» constituye el colmo de su feroz infantilismo. Una sociedad de viejos no puede sino obsesionarse con la juventud, ya que no es capaz de ser joven. Quiere todos los signos externos de la juventud, pero detesta su vitalidad. Los estudiantes de liceo no tienen motivo alguno para sentirse solidarios con semejante civilización de suicidas. Han visto cómo sus padres y profesores se sometían a todas las aberraciones humillantes de la gestión del covid y, después, se perdían en justificaciones nebulosas para confinarlos y someterlos a ellos también. De modo que, cuando toman la palabra, parece que escuchamos a los padres de sus propios padres. «Que ustedes acepten que los traten como perros de mierda, que les paguen una miseria y que ni siquiera puedan hacer una compra completa cada mes no significa que todo el mundo tenga que soportarlo, porque ustedes no tuvieron los huevos de abrir la boca. Lo siento», estalla una estudiante. Lo contrario también es cierto. Aquel célebre nazi de Henry Ford decía: «Si la población comprendiera el sistema bancario, creo que habría una revolución antes de mañana por la mañana». Si los estudiantes supieran lo que sus profesores dicen de ellos en la sala de maestros —salvo contadísimas excepciones, tanto más valiosas por ello—, en Francia quedarían muy pocos liceos intactos. Gobernar un mundo que no ofrece más promesa que su propio derrumbe resulta más complicado de lo previsto. No está claro que la geolocalización parental baste para resolverlo.
En una sociedad administrada, lo que llamamos «juventud» no es más que el elemento libre: aquel que todavía no está sujeto a una carrera profesional, a un superior, a un crédito o a un entorno específico y que, por tanto, puede permitirse formular aquello que todo el mundo ve, pero prefiere callar. Se generacionaliza la revuelta para impedir que se generalice. La actual revuelta «de los jóvenes» habla, ante todo, de una condición común. ¿Qué sentido tiene hacer carrera en un mundo a 45 °C y, por tanto, estudiar para ello? ¿De dónde saca esta sociedad el derecho a tratar sus contradicciones insostenibles como un «problema psicológico» que nos corresponde resolver y, por consiguiente, a exhortarnos a la «resiliencia» frente a nuestra «ecoansiedad»? ¿Cuánto tiempo más vamos a tolerar la selección que se lleva a cabo en todos los niveles de la población y que tiene en Parcoursup y MonMaster [los sistemas franceses de acceso a la educación superior] dos de sus expresiones? ¿Consiste la vida en cuidarse como capital humano y, por tanto, como un agregado de competencias? ¿Cuándo dejaremos de trabajar en nuestro propio reemplazo por las inteligencias artificiales, destino que las startups del Ministerio ya reservan a los profesores? Y, sobre todo, ¿cómo hacer la revolución en un mundo diseñado por completo para impedirla? Estas preguntas, junto con algunas otras, constituyeron nuestro punto de partida para escribir el Manual de supervivencia. Durante dos años intentamos responderlas, elaborar un balance estratégico del fracaso de los movimientos en los que habíamos participado y despejar el terreno para un nuevo comienzo del proceso revolucionario. Sabíamos que esa tarea era necesaria, pero ya nadie hablaba de revolución. Nos preguntábamos si todavía escribíamos para alguien. Ahora sabemos para quién escribimos. No trabajamos en vano.
El primer rasgo común entre los chalecos amarillos y la actual revuelta estudiantil es que ambos fenómenos proceden de sectores ajenos a la socialización militante, sus códigos, sus lugares comunes y su tristeza; ajenos también a esa radicalidad que consiste en poner mala cara. Son revueltas que todavía saben decir «yo». De hecho, antes de la semana pasada no habíamos experimentado una alegría semejante en las calles —bromear, bailar, cantar, hacer grafitis y provocar un motín— desde los tiempos de los chalecos amarillos. Otro rasgo común es el ataque a la humillación como norma de integración social, es decir, a uno de los fundamentos de la cultura francesa. Se trata de desafiar el juicio. Los problemas con los baños no son problemas de mierda, sino una manifestación evidente de desprecio. Por tanto, deben terminar. «Generación Z porque seremos la última generación a la que traten como una mierda», decía una pancarta el martes pasado. Ninguna necesidad es despreciable: dormir, tener dinero, recibir consideración, encontrar sentido, amar. Todo en la cultura francesa pretende avergonzarnos de nuestras necesidades, hasta el punto de que «hacer las necesidades» es sinónimo de cagar. Los estudiantes de liceo, al igual que los chalecos amarillos, desafían sin filtros esta prohibición. Las necesidades, en su materialidad y singularidad, son ingobernables: en cuanto se ponen sobre la mesa, los gobiernos ya no saben qué pretexto aducir para cambiar de tema. Un tercer rasgo común entre ambas irrupciones es el rechazo del double bind gubernamental: la negativa a permitir que el poder nos vuelva locos mediante mandatos contradictorios. Se trata, por tanto, de la misma manera de tomarle la palabra. «Nos dijiste que fuéramos a buscarte; pues aquí estamos, Macron: estamos en los Campos Elíseos y pronto llegaremos al palacio del Elíseo». «Ah, ¿así que todo el año nos repiten que debemos trabajar, aprobar las evaluaciones y sacrificarnos por nuestro “futuro”? Pues dennos las condiciones para hacerlo, ¡hijos de perra!». De pronto, el poder queda al desnudo y empieza a balbucear. Después muestra su verdadera rostra y acaba por confesarlo todo. Trata el bloqueo de un liceo como un episodio de «violencia urbana» y explica, en una emisora de la radio pública, que hay demasiados estudiantes, que muchos no tienen lugar en el bachillerato y que, en cualquier caso, ni siquiera los estudios les bastarán para competir con la IA en el mercado laboral. Por fin, las cosas quedan claras.
El remordimiento de los militantes por haberse «perdido» la revuelta de los chalecos amarillos —a la que tardaron tres semanas en sumarse y a cuyos integrantes comenzaron por calificar de «fascistas»— es tal que, desde entonces, no han dejado de querer «repetir los chalecos amarillos» en cualquier circunstancia. Y, en efecto, como recuerda el Manual de supervivencia, aquella insurrección puramente proletaria, antisindical, antipolítica y antirrepresentativa se llevó a cabo sin ellos. Eso no impidió que, después de sus primeros enfrentamientos con los CRS [los cuerpos antidisturbios franceses], los chalecos amarillos adoptaran la técnica del black bloc, una táctica de confrontación callejera procedente de la autonomía alemana de los años ochenta que no se popularizó en Francia hasta mucho después, en 2016. Adoptaron la técnica, no la identidad. Sin embargo, más que en ese detalle, por llamativo que resulte, el carácter autónomo de los chalecos amarillos se manifestó en su rechazo constante de cualquier representante, portavoz, organización externa o mediación institucional. «¡El poder para nadie!», reivindicaban los autónomos alemanes en 1981. Los chalecos amarillos encarnaron aquella «autonomía más allá de los autónomos» con la que soñaban los indios metropolitanos en 1977. Si los chalecos amarillos fueron una herida en el orgullo de los autónomos, para los sindicatos constituyeron una pesadilla: trabajadores que se sublevan, ocupan las calles y toman la palabra directamente, sin pasar por sus representantes oficiales y subvencionados. Conviene recordar los discursos de Laurent Berger en 2023, al comienzo del movimiento contra la reforma de las pensiones: en ellos sólo aparecía su desprecio por los chalecos amarillos. De hecho, la única motivación de las direcciones sindicales en aquel movimiento era vengarse de ellos: no imponerse al gobierno mediante jornadas de movilización intermitentes, a pesar de sus provocaciones, sino recuperar su posición después de semejante afrenta. Se trataba, por tanto, de un movimiento de restauración. Por diversas razones, el actual movimiento estudiantil está menos preparado para defenderse de las maniobras sindicales y partidistas. El martes pasado, miles de estudiantes de liceo y universitarios decidieron marchar desde el Ayuntamiento hasta Matignon [sede del gobierno], pero las organizaciones sindicales pudieron sabotear tranquilamente la iniciativa y transformarla en una marcha destinada a terminar encapsulada por la policía en la plaza Vauban, sin que aquello provocara escándalo alguno. Sindicatos, medios de comunicación, organizaciones izquierdistas: los falsos amigos son mucho más peligrosos que los enemigos declarados. Si consiguen jodernos, es precisamente porque durante un tiempo fingieron estar de nuestro lado. En cuanto a los partidarios de Mélenchon, con su estrategia de hegemonizar todo lo que se mueve y su táctica PANG (Personne À Notre Gauche!, «nadie a nuestra izquierda»), no hacen más que preparar cínicamente la mayor resaca política desde Mitterrand. Se alimentan de las esperanzas ajenas como las garrapatas de la sangre. ¿Es esto una excusa para no sumarse a los estudiantes de liceo? En absoluto. «Sumarse a los estudiantes» significa menos seguirlos o apoyarlos que extender el rechazo y los devenires que su gesto lleva consigo. Rechazar que nos trituren. Rechazar ser víctimas del sistema. Volverse vivo, autónomo, explosivo. Tenemos confianza: de todos modos, no hay solución electoral para este callejón sin salida de la civilización.
El libro dedica páginas importantes a la «gubernamentalidad mediante el trauma». Entre otras cosas, arremete contra la estupidez estratégica de los organizadores de la movilización de Sainte-Soline, que desembocó en una «traumatización» deliberada. «Volver a empezar» exigiría, por tanto, extraer lecciones y romper con la repetición traumática. Una vez más, nos encontramos ante una represión policial tan previsible como masiva. ¿Estamos a punto de caer de nuevo en una trampa?
Cuando en tres semanas se detiene a siete mil estudiantes para interrogarlos bajo custodia policial y se los ataca a caballo o con granadas sin seguro, resulta evidente que ya no se trata de «mantener el orden» ni de un problema de «asignación de unidades». Se trata de una estrategia. «El objetivo de la operación era asustar a los alumnos y a sus padres para detener cuanto antes la rebelión», explica con toda naturalidad un comisario. Esta confesión tan banal ilustra hasta qué punto los gobiernos se han acostumbrado, en los últimos años, a manipular los traumas, ya procedan de una catástrofe, un atentado, una guerra o de su propia policía. En este último caso, el Manual de supervivencia habla de «traumatización estratégica». Por desgracia, la represión del movimiento estudiantil confirma esta tesis. En Francia, el levantamiento de los chalecos amarillos marcó el punto de inflexión de esta nueva configuración. Durante la semana del 8 de diciembre de 2018, el gobierno y los medios de comunicación no dejaron de agitar la amenaza de que hubiera muertos. Fue entonces cuando arrojaron por la borda la «doctrina Malik Oussekine» [en referencia al principio de evitar el uso de la fuerza policial que pudiera provocar nuevas muertes, a raíz del asesinato de aquel estudiante en 1986]. La estrategia de «mutilar a uno para disuadir a cien» ya se había ensayado en las ZAD [Zone à défendre, zonas de defensa colectiva de territorios amenazados], tanto en Sivens y Bure como durante el desalojo de Notre-Dame-des-Landes. En terrenos no urbanos, la policía y la gendarmería lanzaban granadas ofensivas que estallaban al azar. Al parecer, eso mismo ocurrió en Lens. En cuanto a la técnica de embestir con vehículos policiales, hace mucho que se experimenta con ella en las banlieues. ¿Cuál es su finalidad desde el punto de vista de la gestión de multitudes? Ninguna. Se trata de traumatizar. El impacto y el terror se amplifican mediante los videos: otra forma de volver contra los manifestantes sus propias herramientas. Sus grabaciones se convierten en vehículos de difusión del trauma y, por tanto, de la disuasión. Denunciar la fascistización de la policía solo sirve para ocultar hasta qué punto esta forma de gobernar es eminentemente democrática.
¿Sainte-Soline, en marzo de 2023? La trampa era visible desde cualquier lugar y desde cualquier perspectiva. Quienes habían participado en las manifestaciones espontáneas del movimiento contra la reforma de las pensiones, con sus efigies decapitadas de Macron, sus amenazas de repetir el destino de Luis XVI lanzadas desde la plaza de la Concordia o el ataque al tribunal administrativo de Nantes, sabían que algo empezaba a escapar al asfixiante marco sindical, que mata toda iniciativa. El poder necesitaba aplastar de inmediato, desde su nacimiento, a la generación que comenzaba a surgir. Por eso instaló sobre aquella prominencia del terreno su gigantesca ratonera para militantes. Quien se encontrara frente a aquel montículo de tierra, rodeado de camiones que formaban una muralla, con el general de las fuerzas adversarias haciendo alarde de su presencia en el parapeto de la fortaleza, adivinaba al instante la trampa. Quien hubiera escuchado las provocaciones de Darmanin durante los días anteriores, como si se tratara de los prolegómenos de un combate de boxeo, olía la emboscada. Pocos días después de nuestra completa derrota, los gendarmes se jactaban en los periódicos del éxito de su operación de traumatización. Ése era el término que empleaban. El movimiento quedó cortado en seco. Las maniobras y los cálculos politiqueros de los organizadores de aquella jornada no bastan para explicar por qué funcionó una trampa tan evidente. Mientras no afrontemos de frente este tipo de fracasos y toda la trama de razones que condujeron a ellos, nos condenaremos a repetirlos. Seguiremos atrapados en el ciclo de la repetición traumática. Durante la manifestación del pasado 6 de octubre en París, el pequeño motín que estalló justo antes de desembocar en la plaza de la Nación pretendía precisamente evitar que los enfrentamientos habituales del final de las marchas quedaran atrapados en el dispositivo dispuesto ahí para triturarlos. Toda revuelta de cierta envergadura inventa sus propias formas, que son también tácticas. ¡Es increíble todo lo que puede existir más allá de la estúpida trashumancia sindical! En cada ocasión, el acontecimiento nunca se reduce a la simple «manifestación». De lo contrario, no habríamos escuchado a Lecornu felicitarse en la Asamblea por «estas manifestaciones [que] el gobierno recibe con gran respeto [...] y con alivio, porque por fin tenemos un marco legal, declarado y democrático en el que puede expresarse el desacuerdo». A principios de este mes, los estudiantes de liceo demostraron que era posible mantener el propio centro educativo bajo estado de sitio mediante el fuego y el «delirio». Nadie los esperaba ahí, empezando por sus carceleros. El 6 de octubre, en Lyon, en lugar de soportar el encierro impuesto por la asamblea general trotskista, el cortejo se extendió por sus alrededores y levantó barricadas. Sin duda, se bailó más alrededor de aquellas hogueras improvisadas que en los bancos de la Bolsa del Trabajo.
Cada irrupción encuentra su propio repertorio, siempre antagónico, en última instancia, a lo que recomiendan los trepadores que aspiran a convertirse en jefes. Todo ello da testimonio de la persistencia de esa inteligencia táctica que tanto nos faltó en Sainte-Soline. Por fortuna, en Francia no existe un estado mayor que dirija los bloqueos de los estudiantes, a diferencia de lo que ocurrió aquel día en el departamento de Deux-Sèvres. Además, la estrategia de traumatización no produjo en el movimiento estudiantil el efecto esperado; sucedió todo lo contrario. Añadió una causa más a un movimiento que ya no carecía de motivos. Y fortaleció su determinación, precisamente aquello que pretendía socavar. ¡Caramba, volvieron a fallar!
Existe cierta expectación en torno al 17 de octubre, fecha señalada como el posible regreso de los chalecos amarillos. El Manual de supervivencia critica duramente la ilusión de que las redes sociales puedan generar por sí solas una dinámica revolucionaria, y lo hace, entre otras cosas, mediante el ejemplo que suele invocarse para defender esa idea: las revoluciones árabes. El fracaso del 10 de septiembre de 2025, calificado como una «burbuja especulativa militante», ilustra esta tesis. ¿Seguimos dentro de una burbuja de este tipo o el llamamiento, unido a la revuelta juvenil, abre un escenario más incierto?
Unas semanas antes de la disolución de la Asamblea Nacional, en junio de 2024, los asesores más cercanos de Macron vieron juntos en el Elíseo la serie La fiebre. El discurso del 9 de junio, en el que anunció la disolución, aludiría precisamente a esa misma «fiebre». La serie fue concebida por un antiguo miembro del Partido Socialista, cercano a la corriente de Jean-Luc Mélenchon. En ella, adversarios favorables y contrarios al gobierno se enfrentan mediante estrategias de influencia comunicativa, con el propósito de apagar o avivar las revueltas en el país. Los especialistas en comunicación de todos los bandos observan enormes páneles de control en los que siguen en tiempo real la aparición de tensiones en las redes sociales. Se trata de una fantasía propia del poder cibernético, la del Control Room. Los lectores de la revista de la Escuela Politécnica saben que, precisamente en 2024, el gabinete del primer ministro probó un programa informático capaz de cartografiar en tiempo real los riesgos de fractura del cuerpo social a partir del ruido digital. Lo importante en este mapeo no son las ideas que circulan ni quienes las difunden —militantes o bots rusos—, sino las desviaciones respecto de la norma: cómo se aglutinan, forman abscesos, y cómo abrirlos. No debe sorprendernos que los gobiernos conviertan las herramientas de comunicación en instrumentos de control. Lo que sí debería inquietarnos es que tantos revolucionarios hayan terminado por adoptar una concepción semejante de la revuelta. Les bastaría tejer una red de cuentas auténticas o falsas, acumular followers, crear un llamamiento con gran potencial de viralización y pulsar una enorme flecha para desencadenar la insurrección. Esta concepción comunicativa del levantamiento no nació el año pasado. Facebook y Twitter ya aplicaban ese relato a las llamadas «Primaveras árabes». Pero, como explica el Manual de supervivencia, no hubo una revolución-Facebook. Del mismo modo, Mayo del 68 no fue una revolución-RTL, ni los disturbios de Génova en 2001 fueron una revuelta-Wanadoo. No se trata de negar el papel de los medios de comunicación en esos acontecimientos, en particular en lo que respecta a su ritmo. La multiplicidad de los storytelling, la idea de que cada quien podía mostrar su mundo a todo el mundo, es literalmente una invención del movimiento altermundista, fruto del encuentro entre los primeros hackers y el movimiento zapatista. Hay que admitir que esa idea se volvió contra nosotros, al igual que muchas otras armas del ciclo de insurrecciones del último cuarto de siglo. Apenas comenzamos a hacer el inventario de nuestro arsenal.
En el fondo, desde que el movimiento de los chalecos amarillos se agotó en la repetición de las marchas sabatinas, «chalecos amarillos» se convirtió en una manera de decir «insurrección» sin pronunciar la palabra. Y, en efecto, la insurrección es la única respuesta a la altura de la asfixia, la humillación, el empobrecimiento y la tomadura de pelo que nos depara el aparato gubernamental. Sin embargo, desde el 8 de diciembre de 2018, ese aparato se ha armado para defenderse de una nueva irrupción de los chalecos amarillos, después de que los tomaran por sorpresa el 24 de noviembre y el 1 de diciembre de aquel año. Necesitamos, por tanto, un nuevo efecto sorpresa. La vitalidad estudiantil puede alterar las condiciones del juego y complicar la ecuación represiva de las fuerzas gubernamentales, pero una insurrección no se reduce a multiplicar las manifestaciones. En lugar de especular sobre esa fecha, preferimos extraer lecciones estratégicas de las derrotas pasadas y partir de aquello que quedó incumplido. Lo más sorprendente, visto retrospectivamente, de las jornadas insurreccionales de los chalecos amarillos es que pasáramos frente a la sede del banco Lazard, de la UIMM [la Unión de Industrias y Oficios de la Metalurgia, por sus siglas en francés], de LVMH o bajo las oficinas de Publicis sin advertir que el enemigo acechaba ahí, mucho más que en el Elíseo: el capital. Ahora las cosas están más claras. La arrogancia del capital lo ha dejado al descubierto. Las direcciones circulan. La insurrección es la única manera de escapar de la ratonera electoral que se perfila en el horizonte. Todo el mundo percibe que las presiones morales y financieras destinadas a someternos no harán más que intensificarse en los próximos meses. El confinamiento mediante el precio de la gasolina no es más aceptable que los confinamientos anteriores. Además, no podemos permitir que el régimen macronista desaparezca sin pagar por los abusos que cometió. Esos abusos claman venganza. En cualquier caso, estaremos en las calles el 17 de octubre.
Todo el texto ofrece un análisis minucioso de las formas contemporáneas de dominación del capital y de sus transformaciones durante los últimos quince años. Muestra cómo los llamados «revolucionarios» han caído en todas las trampas que se les tendieron, con lo que refuerzan su dependencia y su impotencia. También critica la debilidad analítica y estratégica de esos entornos militantes. ¿Qué vías de resistencia, fuga y subversión cabe explorar? ¿Cuál sería la estrategia adecuada para tantas personas que, aunque probablemente atrapadas en sus propias contradicciones, ya no soportan el mundo tal como funciona, pero se encuentran aisladas, acorraladas por toda la maquinaria del capital que el texto describe con precisión y no saben por dónde empezar?
Cuando por fin salimos de nuestra reserva y nos rebelamos, todavía encontramos a nuestro paso todo un pequeño universo militante dispuesto a intimidarnos. Afirma conocer las prácticas correctas, los discursos adecuados, la organización necesaria y un repertorio entero de soluciones listas para usar. ¡Hasta tiene equipo de sonido y contactos en la prensa, imagínense! Lo que documenta el Manual de supervivencia es que ese pequeño mundo sólo es rico en fracasos y en la determinación de repetirlos. Si tuviera la menor solución, no estaríamos en esta situación. Estamos en Francia, un país donde siempre hay alguien dispuesto a educarte. Cuando no es el gobierno, son los antigobierno. Los entornos militantes son un callejón sin salida, no un punto de partida. No hay un mal punto de partida. El mejor probablemente sea aquel en el que nos encontramos: las personas que amamos y aquello a lo que estamos vinculados. Pero para ello debemos dejar de contarnos cuentos, de participar en el juego de la mentira social y sus supuestos «valores»; debemos dejar, en el fondo, de vivir aterrorizados. Aterrorizados ante la posibilidad de que nos excluyan. Eso es lo que el Manual de supervivencia denomina «proceso de singularización». No tiene fin. En eso consiste vivir de verdad. Nadie quiere sacrificarse ya. Ningún «valor colectivo» consigue imponer el sacrificio. Es necesario fundar las realidades colectivas sobre algo distinto del sufrimiento. Precisamente para impedirlo vuelven a ofrecernos ahora el horizonte de la guerra. Pero la verdadera guerra enfrenta a todos esos procesos de singularización con el orden decadente que todavía reina y que pretende seguir vampirizando todas las formas de vida sobre la Tierra. A estas alturas, todas las opciones legalistas han quedado descartadas: en el caso de los embalses de gran capacidad destinados al riego agrícola, la autopista A69, la ley Duplomb, el derecho laboral y el derecho internacional. «Quemarlo todo, puesto que todo ya está ardiendo», decía una pancarta de la marcha parisina el martes pasado. «¡Que se joda casi todo!», precisaba, con mayor agudeza, otra. Los ecos que hoy se responden entre las revueltas de Francia, Bélgica, España y Albania no son fruto del azar. Hay una guerra en curso entre nosotros y el capital, sobre el trasfondo de las mil dependencias con las que éste cree tenernos sujetos. El Manual de supervivencia es, en su totalidad, un esfuerzo por actualizar nuestra lectura del teatro de operaciones. No podemos resumirlo en unas cuantas frases. Poco antes de morir, al advertir el rumbo fatal que tomaba el régimen soviético, Lenin escribió: «No están perdidos —y muy probablemente no perecerán— aquellos comunistas que no se abandonan ni a las ilusiones ni al desaliento, sino que conservan la fuerza y la soltura necesarias para volver a empezar desde cero y emprender de nuevo una de las tareas más difíciles». Este consejo sigue siendo válido en pleno apocalipsis del capital.